lunes, 8 de octubre de 2012

Lujuria

Todo empezó con un beso, un beso suave, dulce, superficial, donde los labios se rozaron apenas, y las puntas de sus lenguas se encontraron tímidas, pero ese pequeño roce, ese pequeño contacto, les hizo respirar de otra forma. Él se abalanzó sobre ella, y pegó su cuerpo con fuerza, para pegarse a su anatomía, para absorberla. Ella lo envolvió con sus brazos y agarró su nuca entrelazando sus dedos con mechones de pelo mientras lo acercaba más a su cara. 


Ambos con los ojos cerrados, continuaban con ansia buscando la ternura de la boca y se respiraban el uno al otro, inhalando sus sabores, saboreando sus texturas. La saliva con sabor a frutos del bosque cada vez corría por más rincones de su piel creando corrientes eléctricas. Las manos, firmes pero delicadas, empezaron a recorrer cada centímetro del torso femenino, aferrándose por fin a los pechos tiernos y erectos de ella. Con pericia, jugueteó con un pezón primero, luego con el otro. Ella sentía fundirse sus entrañas, y no paraba de tirar del pelo, de besar su boca y de mirarle a los ojos. 

Cuando entraron a la ducha, el agua empezó a recorrer sus cuerpos creando ríos humeantes que erizaban la piel al contacto con las zonas secas. El agua se mezclaba con sus besos, rezumaba de sus bocas y caía por sus cuellos. Un vapor ardiente envolvía sus cuerpos mientras los dos se acariciaban con las manos llenas de jabón. El contacto resbaloso era muy agradable, hacía escurrir los dedos y la carne al agarrarla con fuerza. La mano de ella se deslizó hacia abajo y agarró con firmeza la verga erecta y palpitante de él. Gracias a la lubricación superior que proporcionaba el jabón, las caricias excitaron al máximo a su compañero de juegos, y él, aunque ya se sentía al borde del éxtasis, consiguió retenerse. Él tampoco quería desaprovechar la humedad complementaria, así que empezó a acariciar la cara interna de los muslos de ella e introdujo sus dedos en su coño. Las piernas de ella flojearon un momento, pero se agarró con más fuerza a él y se dejó hacer. 


En seguida se aclararon y, secándose a duras penas, llegaron a la cama. Treparon por el colchón y treparon entre ellos, hasta que él se colocó encima, entre sus piernas. Seguían besándose con pasión, sin dejar de luchar con sus lenguas en la más delicada de las guerras. El glande se apoyaba en la entrada de la vagina, jugando con la excitación de ambos. Ella se agarraba a su culo y tiraba hacia sí, en una pelea pícara por ver quien conseguía su objetivo. Al final pudo más el deseo y él la penetró con fuerza. Al recibir el miembro en su interior, ella dejó caer su cabeza hacia atrás y soltó el aire de sus pulmones con un gemido como si tuviera que compensar los vacíos de su cuerpo.


Él ya conocía sus necesidades, así que ajustó perfectamente el ritmo de sus embates a lo que ella tanto disfrutaba. Ella clavaba sus uñas en la espalda de él, mordía su cuello, besaba su boca. Con el ritmo frenético empezaron a sentir como las gotas que cubrían sus cuerpos ya no eran de agua sino de sudor. Las gotas resbalaban por el costado de él y después por el de ella, llegando hasta las sábanas blancas. Una gota escurrió por la punta de la nariz masculina y cayó en los labios de ella, impregnando su boca de sal. El placer iba creciendo dentro de ella, subía y subía de intensidad, hasta que al final no pudo resistirlo más y estalló en un orgasmo estruendoso. Él fue frenando el ritmo hasta parar, mientras ambos recuperaban el aliento, pero nunca apartaban sus labios el uno del otro. 

Una vez recuperada la calma, no se había perdido el apetito masculino, así que él la giró de lado, se puso a sus espaldas, y la volvió a penetrar desde atrás. Ambos se acoplaron en una perfecta y alargada ese y volvieron a la batalla. Él agarraba con una mano la cadera de ella y con la otra su larga melena. Sus respiraciones ya no podían estar más agitadas. Ella retorció su espalda para conseguir besarle, para conseguir volver a lamer sus labios y su lengua. Él sentía toda la humedad y el calor del coño de ella envolviéndole y ya no pudo aguantarlo más. Con unos espasmos finales, su pasión quedo pausada hasta recuperar la fuerza. Pero ninguno quería parar.


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