Clima continental, frío de una mañana de primavera que todavía duda entre el invierno y el verano. De camino allá donde haya que ir, pensando ya en la hora de salida de aquellas obligaciones y el momento de tener tiempo para uno mismo. Viajes en transporte público, donde nadie cruza miradas, donde una palabra dirigida al que va solo resuena con un eco extraño. Hay muchos ojos enrojecidos, no se sabe si por el sueño o por las ganas de llorar. Quizá uno por lo primero, otro por lo segundo, y un tercero por una conjuntivitis. Demasiados ojos rojos, pero ninguno me dirige una mirada.
A la salida del metro, sentada en las escaleras, hay una señora pidiendo dinero. Está envuelta en una túnica estampada de un color marrón muy sucio. Apenas sí se le ven los ojos, pero no importa porque nadie los mira. Es muy gorda, y envuelta en esa mortaja marrón parece una gran mierda. Puede que sea así como se siente al pedir dinero y se haya mimetizado con sus sentimientos. Quizá sea sólo una casualidad. Pero da lo mismo, porque absolutamente nadie le dirige una mirada o una palabra.
Sólo yo la miro y no puedo ver nada en ella, sus ojos no expresan ni un ápice de sus sentimientos, ni siquiera miran a los cientos de personas que se cruzan a escasos centímetros de ella, y de los que espera se apiaden de ella y le den algunos de los céntimos que tanto les cuesta ganar, arrastrándose como muertos vivientes todos los días hasta su lugar de trabajo. Ni siquiera tiene un cartel donde explique por qué está pidiendo una limosna.
Puede que tenga algún tipo de problema que le impida trabajar, puede que tenga siete hijos a los que alimentar, o un padre inválido, o sea una viuda, o una maltratada, o esté en paro, o sea una señora que no tiene ganas de hacer nada y se sienta allí esperando a que los demás la mantengan. No se sabe, cada viandante tiene total libertad para imaginarse la historía que quiera sobre la buena (o no) mujer. Y si esa historia le conmueve, puede ayudarla, o no.
Quizá no sea el primer pedigüeño que se encuentra y decida sólo apiadarse del primero. Porque la piedad tiene un límite, que suele coincidir con las ganas que tenga uno de echar la mano a la cartera. O, por lo menos, eso es lo que parece en las grandes ciudades. Puede que estemos ya insensibilizados, o puede que tengamos los ojos demasiado rojos como para percatarnos de las penurias de los demás.
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lunes, 19 de mayo de 2014
martes, 2 de abril de 2013
Fragmentos (IX)
Con una camisa de él, sólo unos botones abrochados, asomada al balcón, allí estaba una mañana de domingo, fumando un cigarrillo al calor de las primeras horas de sol. Apoyada en la fría baranda mientras él seguía dormido, el vello de su cuerpo se erizaba por el viento, que rozaba su piel fluyendo entre los barrotes de hierro fundido. Notaba como la expresión de su cara era triste, con los labios fruncidos, la frente arrugada en gesto afectado, pero mientras él no la viera se permitía esa licencia. Sabía de sobra que él no la quería, o, mejor dicho, sí la quería, pero no de la forma en la que ella le quería a él. Era obvio que sentía aprecio por ella, pero no se entregaba. También sabía que no podía seguir así, conocía esa espiral en la que cada vez perdía más el control y por la que caía sin freno, sin ningún asidero al que agarrarse, cada vez más rápido. Estaba muy a gusto en su compañía pero no había equilibrio entre ellos dos.
En esos momentos recordaba perfectamente una conversación que habían tenido unas semanas atrás. Ella le preguntó que por qué no podían ser una pareja normal, y la respuesta la dejó helada:
-Mira, te lo voy a explicar con un ejemplo. Es como si a ti te dan un cachorrito muy mono, adorable, al que quieres acariciar y que te gusta mucho, pero al que no quieres llevarte a casa.
Ese gélido recuerdo estaba muy dentro de ella, en un rincón, bien protegido. Sabía que él no quería nada malo para ella, pero, aunque no lo hiciera con mala intención, a veces sus palabras pinchaban en hueso.
La mañana, que había nacido soleada, empezaba a emborronarse. El cielo se convertía en una gran masa gris, indefinida. Mirando el brillo del sol a través de las nubes, se tocó el cuello, allí donde él la besaba en momentos de pasión. Entre las sábanas afloraba la gran química que había entre ellos, perdidos entre sudor y jadeos. Ese tiempo era como si no existieran las obligaciones, ni la vida cotidiana, ni las preocupaciones. Eran sólo ellos, sin mirar el reloj, enredados el uno en el otro. No tenían necesidad nada más que de sentirse. En ocasiones, ella gemía quedamente un "sí, mi amor"; era como una tregua, en la cama podía llamarle así, sin que él la mirase extrañado o se sintiese incómodo, pues se dejaba llevar, sin pensar, sin juzgar, sin etiquetar. Ella hacía el amor. Él follaba. Sí, había cariño, pero eran cosas distintas.
Ella lo sabía, todo ello lo conocía de sobra, pero eso no hacía que fuese más llevadero. A veces se preguntaba si era comprensiva con los deseos de él, o si simplemente era una cobarde por no imponerse y pedir lo que quería. Otras pensaba de manera directa que era tonta y se odiaba a sí misma. Otras, aceptaba la realidad en la que vivía, disfrutaba de cada momento y se dejaba de comeduras de cabeza. Había días en los que se maldecía por ser mujer y darle tantas vueltas a las cosas; estaba convencida de que él no pensaba tanto, y parecía feliz así. Quizá era una maldición del género femenino el estar siempre atormentada por los sentimientos, propios o ajenos.
Él dormía tranquilo en la cama. Se volvió para observarle. Tenía una expresión de calma en el rostro, casi de felicidad. Probablemente estaba soñando algo agradable. Mientras le veía así, sólo quería hacer algo por él. Cuidarle, mimarle, darle besos, darle caprichos. Pensó en hacer café, sabía que pronto se despertaría y tener café recién hecho le agradaría. Además, le gustaba el sabor que dejaba en su boca. Miró de nuevo hacia la calle, donde cada vez había más nubes. Ya empezaban a verse transeúntes caminando con parsimonia en su día libre. Envidiaba sus rutinas: sacar al perro, ir a por el periódico, comprar churros para la familia. Mientras pensaba en todo ello, comenzó a chispear. Una gota cayó en su mejilla. La recogió con el dedo y se la llevó a los labios. Sabía a sal.
Ella lo sabía, todo ello lo conocía de sobra, pero eso no hacía que fuese más llevadero. A veces se preguntaba si era comprensiva con los deseos de él, o si simplemente era una cobarde por no imponerse y pedir lo que quería. Otras pensaba de manera directa que era tonta y se odiaba a sí misma. Otras, aceptaba la realidad en la que vivía, disfrutaba de cada momento y se dejaba de comeduras de cabeza. Había días en los que se maldecía por ser mujer y darle tantas vueltas a las cosas; estaba convencida de que él no pensaba tanto, y parecía feliz así. Quizá era una maldición del género femenino el estar siempre atormentada por los sentimientos, propios o ajenos.
Él dormía tranquilo en la cama. Se volvió para observarle. Tenía una expresión de calma en el rostro, casi de felicidad. Probablemente estaba soñando algo agradable. Mientras le veía así, sólo quería hacer algo por él. Cuidarle, mimarle, darle besos, darle caprichos. Pensó en hacer café, sabía que pronto se despertaría y tener café recién hecho le agradaría. Además, le gustaba el sabor que dejaba en su boca. Miró de nuevo hacia la calle, donde cada vez había más nubes. Ya empezaban a verse transeúntes caminando con parsimonia en su día libre. Envidiaba sus rutinas: sacar al perro, ir a por el periódico, comprar churros para la familia. Mientras pensaba en todo ello, comenzó a chispear. Una gota cayó en su mejilla. La recogió con el dedo y se la llevó a los labios. Sabía a sal.
domingo, 20 de enero de 2013
Fragmentos (VIII)
En ciertas ocasiones, una misma sensación puede ser provocada tanto por algo agradable como por algo desagradable. Besos en el cuello, caricias en la espalda. Recuerdos cristalinos. Querer decir sí, pero decir no; querer decir no, pero decir sí; querer decir algo y no decir nada en absoluto. Un rayo helado atraviesa el pecho, eriza la piel, y deja un rastro agridulce de decepción ya anticipada. Escalofríos que se transforman en calor; escalofríos que te paralizan. Hielo en las entrañas que se esparce por todas las ramificaciones del sistema circulatorio, llegando apenas perceptible a la superficie. Ese frío que al principio duele, pero que acaba reconfortando. Todo el vello erizado, esperando más, ansiando el porvenir.
sábado, 24 de noviembre de 2012
Fragmentos (VII)
Soy dura, puedo con todo. Puedes hacer prácticamente lo que quieras conmigo sin que eso me afecte, pero dame un golpe fuerte y me rompo. No me recompondré, todo se acabó. No. Soy blanda, me deformo. Tócame e influirás en mí, si me das un golpe fuerte puedo adaptarme. Quedaré marcada para siempre, pero seguiré ahí. ¿Cristal o plastilina?
Puedo mantenerme firme en mi posición, no moverme nunca, ser inflexible como el muro de piedra más antiguo de la tierra, o puedo bailar como un junco, al son del agua y del viento, sin fijar mis ideas, dejándome llevar por lo que me rodea. ¿Me mantengo o fluyo?
Es demasiado peligroso dejarme moldear por los demás, pero también lo es dejar que tengan el poder de romperme. Nunca, nunca encontraré la respuesta.
I lay down with the wolves, alone it seems, I thought I was part of you
I'm falling to pieces
miércoles, 31 de octubre de 2012
Fragmentos (VI)
Durante mucho tiempo tuve la falsa sensación de que estaba segura. Segura en mi mundo protegido por una burbuja, que sólo dejaba pasar lo bueno, y lo malo quedaba fuera, distorsionado por una película de brillo aceitoso que me hacía pensar que todo eso quedaba muy lejos, como una pesadilla que no recuerdas bien al despertar. Eso no quiere decir que nunca sucediese nada malo, sino que eran cosas menores, o todo se solucionaba rápido y sin grandes consecuencias. Siempre había alguien ahí para recoger mis pedazos si había algo que se rompía, y todo volvía a estar ordenado y como nuevo. O eso creía.
Una mañana me desperté y, sin que pasase nada extraordinario, abrí los ojos. Pero no sólo de manera literal. Algo había cambiado, algo sutil, en la atmósfera, como un tenue ruido ambiental, del que no te das cuenta de su presencia hasta que alguien te lo señala. Era algo pequeño, pero molesto, y había cambiado para siempre. No había manera de apagar ese ruido blanco, frío y que cala como la niebla. Ahora vivo con los huesos helados.
"Estoy sola", me dije, "Total y completamente sola". La sensación fue como si hubiera estado andando por el borde de un precipicio sin preocupaciones porque llevara un arnés de seguridad, pero, de repente, el arnés desapareció. En ese momento, me detuve aterrada. Con el arnés, andaba tranquilamente, y nunca me caí. Sin el arnés, podría haber seguido andando como antes, sin caer, pero el hecho de saber que no había nada que parase mi caída me impedía continuar.
"Estoy sola", me dije, "Total y completamente sola". La sensación fue como si hubiera estado andando por el borde de un precipicio sin preocupaciones porque llevara un arnés de seguridad, pero, de repente, el arnés desapareció. En ese momento, me detuve aterrada. Con el arnés, andaba tranquilamente, y nunca me caí. Sin el arnés, podría haber seguido andando como antes, sin caer, pero el hecho de saber que no había nada que parase mi caída me impedía continuar.
Las esperanzas son muy traicioneras. Sé que estoy sola en este camino, lo sé a ciencia cierta, pero, aún así, siempre hay una pequeña luz que me dice que cuando intente dar un paso, si tropiezo, una mano rápida me agarrará con fuerza y no me dejará desvanecerme en el abismo. Sólo espero no tropezar para no tener que comprobarlo.
sábado, 6 de octubre de 2012
Fragmentos (V)
Quiso vivir lo que leía, quiso soñar y quiso reír. Vivió, soñó y rió. Pero llegó un momento en que se dio cuenta de que cuando uno lee, las páginas son finitas, no se sabe qué pasa después. El autor da un final, el que quiere para dejar la historia redonda. Pero la vida no es así, el final llega con la muerte, no antes. Uno tiene una aventura, un desengaño, una experiencia nueva, un desafío, una pelea, un amor, un reto... sea lo que sea, lo tiene, tiene que lidiar con ello y seguir adelante. No hay un problema que se resuelva porque baje un dios y lo solucione todo, como en las antiguas obras de teatro. No hay un giro final que desate todo el lío que se había formado en el transcurrir de la historia. La vida son momentos más cómodos o incómodos, uno tras otro, con continuidad, pero sin hilo narrativo, porque no somos de cuento. Y lo peor es quedarse esperando a que llegue el final feliz, porque nunca llega, porque no hay final.
viernes, 3 de agosto de 2012
Fragmentos (IV)
Cogió la sombrilla, el bolso grande, sus gafas de sol y el protector solar y se encaminó a la playa. No le hacía falta nada ni nadie más, y todos los días le gustaba ir, aunque fuese a estar un rato. El calor en aquella época era agobiante, pero, sin importar el calor que hiciese, cuando pisaba la arena podía estar allí horas sin sentirse incómoda. Una vez que se embadurnada en alta protección y se plantaba bajo los rayos de sol el tiempo volaba. Al rato de haberse tostado un rato, decidió ponerse bajo la sombrilla a leer. Sacó de su bolso de esparto el ejemplar de bolsillo de turno con todas las esquinas de las hojas dobladas, medio abierto y curvado por la humedad, y, mientras buscaba el punto de lectura, lo apoyó en sus piernas cruzadas. No llegó a dirigir sus ojos a las palabras, ya que se fijaron en el horizonte de agua y su mente empezó a divagar. Oía gente a su alrededor hablando de que sus vecinos tenían una gotera, y niños corrían de un lado para otro haciendo que cayese arena en todas las toallas cerca de las que pasaban, o en las personas que estaban en esas toallas. Entre las conversaciones ajenas, ella se perdió en un hilo de pensamiento que le había estado atormentando últimamente.
No podía dejar de pensar en él, pero a él no le interesaba ella, o no daba señales de ello. Alicia había intentado todo para acercarse a él, había conseguido ganar poco a poco su confianza, cada vez hablaban más y se contaban más confidencias, pero él tenía otro tipo de chica en mente. Luego le contaba a ella todos los problemas que le daban, y lo mal que le trataban, y que no encontraba a una chica que mereciera la pena, que eran todas unas guarras. Ella no sabía qué hacer para que él se diera cuenta de las posibilidades sin declararse directamente, pues era demasiado tímida para hacerlo, y tenía muy poco autoestima como para aceptar ser rechazada. Así llevaban tiempo, y no había manera de avazar. Se levantó, soltó el libro encima de la toalla sin preocuparse del punto de lectura ni de cómo caía, corrió hacia un saliente de piedra, estiró los brazos por encima de su cabeza, y saltó para sumergirse lo más rápido y profundamente posible. Apenas opuso resistencia al mar, y mientras las burbujas recorrían su cuerpo y el frio se iba colando por sus poros, todo pensamiento agotador se borró de su piel.
domingo, 22 de abril de 2012
Fragmentos (III)
Llegó un momento en que no pudo más, y todo lo que estaba establecido, toda la seguridad y estabilidad, se quebró en finos fragmentos de cristal que atravesaban su carne. Sus pensamientos se desmoronaron como un diente de león en un día de viento, y no pudo más que ver cómo sus ideas se desparramaban sin control y sus nervios cedían con ellas. Por un momento sólo sintió la inmensidad del vacío y la soledad más violenta, pero al segundo todo se le vino encima y sintió como el aire no podía entrar por su garganta. Durante unos instantes peleó por respirar, y cuando por fin lo consiguió las lágrimas empezaron a salir a borbotones y su cuerpo empezó a convulsionarse por la dificultad de conseguir aire. Aunque parecía duro y cruel era lo mejor que podía pasar; en ese momento su mente empezó a relajarse y toda la tensión salía poco a poco. Él no podía soportarlo más y la rodeó con sus brazos, envolviéndola y recogiendo sus pedazos. Por fin dejó de llorar y mientras él acariciaba su melena despeinada pudo descansar contra su pecho, escuchando los latidos fuertes y regulares que la devolvían a su rutina.
jueves, 22 de marzo de 2012
Fragmentos (II)
Su manera de mirar las cosas era diferente a la de los demás. No le importaba quedarse quieto intentando buscar las gotas de agua que caían de las cornisas después de una noche de tormenta, para seguirlas mientras caen al suelo y hacen saltar el agua de los charcos. Sus padres y profesores pensaban que tenía un cierto retraso; podemos decirlo así, si hablamos de no tener la prisa obligatoria de la vida moderna. Cuando miraba una margarita sus ojos no se fijaban de los pétalos, ni jugaba al "me quiere, no me quiere", sino que intentaba ver el polen, intentaba leer cómo funcionaban las margaritas.
sábado, 10 de marzo de 2012
Fragmentos (I)
Estaba delante del espejo mirando fijamente sus ojos, sin reparar en nada más. Buscaba un nuevo brillo, una señal de cambio. Se acercaba y se alejaba despacio para ver su tamaño. Intentaba aprender las grutas de sus iris tallados en color miel como si fueran un mapa hacia su destino. Apretaba los párpados con fuerza y los abría de forma violenta para ver cómo sus pupilas se hacían más grandes y más pequeñas para regular la luz. Pero no había luz en su mirada.
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