miércoles, 15 de junio de 2022

Nido

Me acuesto en la cama, me acomodo de lado entre las sábanas e intento frenar mi monólogo interior. Está todo el día funcionando, de fondo, pero de noche se escucha más. Me concentro en mi respiración, me centro en sentirla en las fosas nasales. Tras tres inspiraciones y dos espiraciones, ahí vuelve de nuevo. No se cansa, no se rinde. Me giro hacia el otro lado y trato de recordar la sensación que tenía cuando dormía en mi habitación de casa de mis padres; me calmo. Tal como estoy, entonces estaría enfrentada a la pared llena de gotelé, con una balda encima, hasta arriba de libros, que se vencía amenazante hacia abajo, aunque nunca llegó a caer. Mi cama ahora es más grande, no tengo paredes a los lados y duermo en el centro, así que tengo mucho más espacio para moverme. Uno podría pensar que en un metro y medio es difícil perderse, pero a veces pasa. En ocasiones me despierto desorientada, aunque haga ocho años que duermo en esta cama. Si sueño con una casa, siempre suele ser la de mis padres, nunca la mía. Sólo recuerdo un sueño aquí, una pesadilla, más bien, en la que alguien desconocido estaba en la entrada de mi apartamento y yo no podía más que chillar que cómo había entrado. Me pregunto si eso cambiará con el tiempo. ¿Es posible que algún día mi lugar seguro cambie en mi mente? Mi piso me gusta, me siento a salvo aquí, pero parece que mi subconsciente no lo acaba de asumir. ¿Es una cuestión de años? Cuando lleve aquí más años de los que pasé allí, ¿mi mente lo aceptará? ¿O el único lugar seguro para mí siempre va a ser el nido en el que crecí, los brazos entre los que crecí? Hoy no cuento nada, sólo cuento con muchas preguntas. Y la incertidumbre.