Me acuesto en la cama, me acomodo de lado entre las sábanas e intento frenar mi monólogo interior. Está todo el día funcionando, de fondo, pero de noche se escucha más. Me concentro en mi respiración, me centro en sentirla en las fosas nasales. Tras tres inspiraciones y dos espiraciones, ahí vuelve de nuevo. No se cansa, no se rinde. Me giro hacia el otro lado y trato de recordar la sensación que tenía cuando dormía en mi habitación de casa de mis padres; me calmo. Tal como estoy, entonces estaría enfrentada a la pared llena de gotelé, con una balda encima, hasta arriba de libros, que se vencía amenazante hacia abajo, aunque nunca llegó a caer. Mi cama ahora es más grande, no tengo paredes a los lados y duermo en el centro, así que tengo mucho más espacio para moverme. Uno podría pensar que en un metro y medio es difícil perderse, pero a veces pasa. En ocasiones me despierto desorientada, aunque haga ocho años que duermo en esta cama. Si sueño con una casa, siempre suele ser la de mis padres, nunca la mía. Sólo recuerdo un sueño aquí, una pesadilla, más bien, en la que alguien desconocido estaba en la entrada de mi apartamento y yo no podía más que chillar que cómo había entrado. Me pregunto si eso cambiará con el tiempo. ¿Es posible que algún día mi lugar seguro cambie en mi mente? Mi piso me gusta, me siento a salvo aquí, pero parece que mi subconsciente no lo acaba de asumir. ¿Es una cuestión de años? Cuando lleve aquí más años de los que pasé allí, ¿mi mente lo aceptará? ¿O el único lugar seguro para mí siempre va a ser el nido en el que crecí, los brazos entre los que crecí? Hoy no cuento nada, sólo cuento con muchas preguntas. Y la incertidumbre.
miércoles, 15 de junio de 2022
martes, 9 de febrero de 2021
Cambio de perspectiva
Llevo viviendo sola algo más de un año. Ayer me di cuenta de que ahora paso
mucho tiempo en el suelo. No es muy habitual sentarse o tumbarse en el suelo, lo
más común es sentarse en una silla, un sofá, un sillón. Tumbarse en la cama.
Para eso están ¿no? Recuerdo que, cuando mi hermano y yo éramos pequeños, al
hacer esas cosas de crios como era jugar con los muñecos sentados en el suelo, a
veces aprovechábamos y nos tumbábamos. Mi padre nos decía "si estáis en el suelo
os pueden pisar". Yo lo imaginaba como una regla de la selva, como una
advertencia, como si al tumbarnos en el suelo pudiese aparecer cualquiera y
tuviera carta blanca para pisarnos a su gusto, sin que pudiera haber
represalias, porque éramos nosotros quienes estábamos incumpliendo el protocolo,
el acuerdo no escrito de que si estás en el suelo te arriesgas a morir
pisoteado. Algún pisotón nos llevamos, en broma, claro.
El caso es que ayer me
di cuenta de eso, de que paso tiempo en el suelo. ¿Por qué? Bueno, me levanto, y
como no dejo dormir a las gatas conmigo porque no me dejan descansar, cuando
salgo están deseando que les haga caso y las acaricie, así que me siento un
ratito en el suelo con ellas, para que se suban a mi regazo a amasarme, mientras
escucho un resumen de las noticias. También, con todo esto de la pandemia y el
confinamiento del año pasado, cuando no se podía salir a la calle, cogí la
costumbre de tomar un poco el sol en casa, cuando las nubes lo permiten, así que
sé a qué hora pasa el sol por mi cocina, de manera que puedo extender mi
esterilla de yoga y tumbarme a hacer la fotosíntesis un ratito. Además, aunque
esto lo empecé antes del confinamiento, me tiraba al suelo para hacer parte de
mi rutina de ejercicio. O si quiero estirar la espalda, o si quiero apoyar las
piernas en la pared para relajarlas un poco. Y así me encontraba, panza arriba,
con las piernas apoyadas en la pared, mirando Instagram mientras las gatas se me
subían por encima, cuando oí a mi madre muy vivamente en mi cabeza diciéndome
"pero ¿qué haces en el suelo?". Como es obvio, no la oí, me lo imaginé, pero sé
que es justo eso lo que me habría dicho si me hubiera visto. Y como ahora vivo
sola y nadie me dice nada, pues me da igual lo que dirían si me vieran y paso más tiempo ahí.
Un día leí, no recuerdo ni
cuándo ni a quién, que a veces, cuando te estancas, tienes que cambiar la
perspectiva. Y es cierto que las cosas se ven de otra manera. La ventana por
donde entra el sol, los muebles de la cocina acechando desde el techo, la
gigantesca nevera. Pero también puede una estar cómoda en lo desconocido. Cada
vez más.
martes, 18 de febrero de 2020
El sol sale
La niebla se acaba yendo y el sol sale. Sabemos que la niebla volverá a llegar en algún momento, pero el sol siempre acaba saliendo, y hay más días de sol que de niebla.
miércoles, 12 de febrero de 2020
Niebla
Todos los días paso por la estación de Chamartín y suelo levantar la cabeza del libro para admirar las Cuatro Torres. Estos días de niebla no estoy pudiendo verlas y me genera una ligera sensación de ansiedad. Sé que están ahí, pero no puedo verlas, ni siquiera la parte baja. Unos mamotretos impresionantes, sobrecogedoras construcciones, verticales, infinitos y aplastantes armazones cubiertos de cristales relucientes y brillos etéreos, ocultos por minúsculas gotas de agua, suspendidas en el aire como por arte de magia, compresoras de la comprensión, asfixiantes, opresivas a la vez que inconsistentes. Déjame respirar.
Pero un día la niebla se irá, y, con ella, la angustia.
sábado, 8 de febrero de 2020
Hazlo
Llevo dos meses viviendo sola. Esta experiencia es nueva para mí. Al principio pensaba que me iba a costar muchísimo, que iba a sentir un miedo constante, que todo iba a cambiar. Pero resulta que sigo en la casa en la que llevo viviendo casi seis años, cómoda, con mis gatitas haciéndome compañía y recibiéndome en tropel en cuanto entro por la puerta y nada ha cambiado. Tenía mucho miedo de tomar la decisión que tomé, pero aun así, la tomé. Y estos meses he vivido otros miedos, a niveles más superficiales y más profundos. He sentido ansiedad, angustia, desesperación, por diferentes situaciones, por diferentes personas. Pero pasa un día, te vas a dormir, y tienes el siguiente delante de ti, esperando que lo afrontes como un lienzo en blanco.
Vale, sí, hay una ausencia, una compañía de otro tipo que ya no está. Hay cosas que echo de menos, como tener a alguien a quien abrazar en el momento en que lo necesitase. Pero resulta que, aun en los momentos en los que siento que necesito un abrazo, aunque no me lo de nadie, tampoco me muero. Y la vida sigue, el momento pasa, y no pasa nada. Y todo eso que echo de menos lo iré superando poco a poco, porque estoy buscando la manera de proveerme lo que necesito por mi cuenta. Esta soledad me ha hecho pensar mucho más, comunicarme mucho más conmigo misma, porque ahora analizo esos momentos en los que recurría a otra persona para desahogarme, consolarme o simplemente no sentirme sola. Ahora, en esos momentos se produce un conflicto en mí, un conflicto entre el hábito de refugiarme en alguien y mi nueva realidad, que me empuja a analizar, a profundizar en esas costumbres y necesidades que me creé alrededor de otro. Me doy cuenta de que tomé por necesidades lo que son deseos, comportamientos agradables, que me daban una recompensa emocional, pero que no son una necesidad de vida o muerte.
Estoy trabajando en mí, tratando de diferenciar lo que quiero y lo que necesito, lo que me gustaría encontrar en mí y en los demás, lo que estoy dispuesta a dar y lo que quiero recibir. En mi vida. No mezclar deseos y desesperaciones, no confundir palabras bienintencionadas con ataques, ni que me las confundan, no buscar en los demás lo que me falta a mí, ser más amable, conmigo y con los demás, no juzgar ni que me juzguen a la ligera, dar a la gente el beneficio de la duda. Qué fácil es encontrar una falsa intimidad, qué difícil que alguien se abra de verdad. Pero la primera que se tiene que abrir soy yo, conmigo misma. Cuántas veces me he machacado, me he hundido con palabras que no le dirigiría ni a mi peor enemigo. Tengo que abrirme y sacar eso, tener más compasión por mí y por los demás. Mirarme a un espejo y mirarme como miro a una amiga. Mi compañía es la que voy a tener siempre, la quiera o no. Y es la que más vale.
No sé lo que vendrá, pero sí sé que, aunque yo no sea ni vaya a ser perfecta nunca, estoy aprendiendo de mí, y estoy buscando mejorar y valorarme más. Estoy mirando dentro y viendo lo que quiero cambiar, para poder ser consciente de mis errores y cambiarlos, pero también lo que ya me gusta y quiero conservar. Me gusta mi forma de ser, me gusta sentir todo, me gusta abrirme a la gente, me gusta haber conseguido ser positiva y, aunque tenga mis momentos de bajona, esperar las cosas buenas que SÉ que están por venir. Sea lo que sea, venga cuando venga. Aquí estoy, esperando a la vida, caminando mi camino.
Ay, amiga, siempre a la busca del sueño, la vida perfecta. Pero eso no existe. Nadie es perfecto. Siempre hay problemas, más o menos graves. Y no pasa nada, porque la vida es así, y si fuera perfecta nos acabaríamos aburriendo, no tendría ningún interés. Tenemos que seguir adelante, saltar por encima de esos obstáculos que nos pone la vida en el camino, y, cuando llegamos a una colina verde, fresca, llena de flores y árboles, parar un rato y disfrutar de esa carrera con una pausa, una respiración profunda, para coger fuerzas y continuar por el sendero que tenga que venir, que trae oscuridad pero también mucha luz.
sábado, 7 de diciembre de 2019
Ave fénix
Hace más de tres años que no escribo en este blog. Tiene sentido para mí, son tres años de vivencias personales que me han tenido atrapada en una especie de no vivencia. No quiero decir que no haya vivido nada en este tiempo, es más bien que no he vivido demasiado. Mi vida ha ido avanzando, pero a la vez se ha quedado en una especie de stand by, como una burbuja congelada con poco aire dentro, como un arroyuelo que avanza muy despacio por su escaso caudal.
He tomado una decisión difícil y dolorosa, pero creo que necesaria. En este tiempo me he quemado, me he ido difuminando, asfixiando y convirtiendo en ceniza poco a poco. No es culpa de nadie, tampoco mía. Solo es.
He estado releyendo mi pobre y abandonado blog, y he descubierto esta entrada de hace siete años que es absolutamente vigente para mí en este momento: Reflexiones (III). Se la he enviado a mi mejor amiga y me ha dicho "Ana, ¿escribiste esto para nosotras? No hemos aprendido una mierda. Un mensaje para ti y para patito de dentro de siete años", y nos hemos estado riendo un rato. En ese sentido, somos iguales a entonces. Aun así, sabemos que hemos madurado, hay otras cosas que nos lo demuestran. Ahora afrontamos los problemas de otra manera, más de frente, ya no nos escondemos.
Esta decisión que tomé hace unos días no la habría podido tomar hace unos años, por aquel entonces. Y lo he hecho, y me siento más fuerte, porque es una decisión difícil, pero sé que la tomo porque, aunque ahora duela, es algo que va a reportar un bien mayor con el tiempo a dos personas. Y me siento orgullosa de mí misma, de tener unos valores fuertes y seguirlos, tratando de hacer el menor daño posible. Y me siento empoderada, por decir las cosas como las siento, sin andar con juegos de niños. Y me siento valiente, por no esconder lo que siento, por exponerme, pero sabiendo que no hay nadie que me pueda hacer más daño que yo misma. Y he decidido no hacerme más daño, y vivir más.
Mi padre siempre ha llamado a mi hermano campeón como apelativo cariñoso. A mí, princesita. Sé que no tenía mala intención, sé que eran apelativos cariñosos y aprecio su amor al decírnoslos, pero ya no puedo evitar ver el sesgo de género que va en ellos. Y ahora yo soy mi propia campeona, y me voy a levantar aunque haya caído, porque sé que soy fuerte, y porque por fin estoy empezando a darme el valor que merezco. Porque llevo años tirando de carros y carretas, propios y ajenos, y no me he concedido ni eso. Y he aprendido que no hay que dar las gracias solo a los demás, que también tenemos que cuidarnos y agradecernos a nosotras mismas. Así que a mí misma me digo: gracias, Ana, por pensar en ti, por ponerte en valor y por cuidarte.
Voy a volver a nacer y me voy a levantar, como el ave fénix de sus cenizas, y voy a volver a vivir, porque llevo mucho tiempo en pausa y ha llegado la hora de volver.
He tomado una decisión difícil y dolorosa, pero creo que necesaria. En este tiempo me he quemado, me he ido difuminando, asfixiando y convirtiendo en ceniza poco a poco. No es culpa de nadie, tampoco mía. Solo es.
He estado releyendo mi pobre y abandonado blog, y he descubierto esta entrada de hace siete años que es absolutamente vigente para mí en este momento: Reflexiones (III). Se la he enviado a mi mejor amiga y me ha dicho "Ana, ¿escribiste esto para nosotras? No hemos aprendido una mierda. Un mensaje para ti y para patito de dentro de siete años", y nos hemos estado riendo un rato. En ese sentido, somos iguales a entonces. Aun así, sabemos que hemos madurado, hay otras cosas que nos lo demuestran. Ahora afrontamos los problemas de otra manera, más de frente, ya no nos escondemos.
Mi padre siempre ha llamado a mi hermano campeón como apelativo cariñoso. A mí, princesita. Sé que no tenía mala intención, sé que eran apelativos cariñosos y aprecio su amor al decírnoslos, pero ya no puedo evitar ver el sesgo de género que va en ellos. Y ahora yo soy mi propia campeona, y me voy a levantar aunque haya caído, porque sé que soy fuerte, y porque por fin estoy empezando a darme el valor que merezco. Porque llevo años tirando de carros y carretas, propios y ajenos, y no me he concedido ni eso. Y he aprendido que no hay que dar las gracias solo a los demás, que también tenemos que cuidarnos y agradecernos a nosotras mismas. Así que a mí misma me digo: gracias, Ana, por pensar en ti, por ponerte en valor y por cuidarte.
"Sometimes you fall before you rise
Sometimes you lose it all to find
You've gotta keep fighting
And get back up again
My champion
Oh, my champion"
Voy a volver a nacer y me voy a levantar, como el ave fénix de sus cenizas, y voy a volver a vivir, porque llevo mucho tiempo en pausa y ha llegado la hora de volver.
viernes, 28 de octubre de 2016
Carta a mi primer amor
Hace un par de años me apunté a una especie de cadena de
favores y fuiste una de las personas que quería recibir un favor. Las
condiciones eran que no sabías cuándo ni cómo, yo tenía que hacer algo por ti,
una sorpresa de algún modo (un detallito, una visita, una carta…). Dado que
estás a miles de kilómetros de aquí, esta carta es mi regalo para ti.
Han pasado muchos años desde la última vez que te vi, y he pasado
por muchas experiencias en la vida desde entonces, pero quería darte las gracias,
porque creo que gracias a que la relación que tuvimos fue sana, no he tenido
problemas para relacionarme con otras personas que vinieron después de ti.
Esto puede parecer una tontería, pero, desde que estoy
metida en el movimiento feminista, me estoy dando cuenta de todo lo que
condiciona nuestras vidas y nuestras relaciones. Está claro que una relación adolescente
tiene muchos fallos y que según vamos creciendo vemos las cosas con más claridad,
pero, dentro de lo que cabe, nuestra relación fue buena. Aún con los impedimentos
que tuvimos que sufrir, conseguimos llevar una relación de un año y pico (si me
hubieras preguntado por aquel entonces sabría decirte hasta los días, pero 14
años después no me acuerdo de tanto) de una manera respetuosa y con cariño.
Junto a ti, viví hitos muy importantes en la vida amorosa de una persona (el primer
amor, el primer beso, la primera vez…), y, después de todo este tiempo, si me
dijeran que describiera esos momentos con una palabra diría “dulce”, porque las
cartas, las llamadas, el tiempo que pasamos juntos… todo lo que vivimos lo
recuerdo así. Está claro que el tiempo suaviza los recuerdos, pero sé que no
tuvimos grandes discusiones, sé que no hubo comportamientos tóxicos, y sé que
todo lo que hicimos fue consensuado y sin que nadie forzara a nadie a nada.
Incluso la ruptura fue pacífica, porque sabíamos que no podíamos soportar más
esa situación, esos kilómetros.
Después de ti, han pasado otros hombres por mi vida, pero de
las otras relaciones aprendí más cosas que no quería para mí de las que sí
quería. Restaron. Con la relación que tuvimos aprendí cosas que sí quería en mi
vida. Sumaste. Ahora tengo la suerte de estar en una relación que suma, y todas
las experiencias que viví me han hecho ser una persona que también suma para la
otra parte (o eso creo). Supongo que todas las personas pasan por relaciones
que suman y que restan, pero yo tuve la suerte de que mi primera relación fuese
positiva. Una primera relación configura mucho la vida amorosa de una persona,
y en eso es en lo que tengo que darte las gracias. Porque me trataste bien. Sí,
aunque suene a tontería de nuevo, aunque parezca de sentido común que tenemos
que tratar bien a los otros seres vivos que nos rodean, no todo el mundo hace
eso. En otras relaciones me he sentido minusvalorada, engañada, frustrada…
Cuando se suponía que para mis parejas en ese momento yo era una de las
personas más importantes de su vida y, por lo tanto, era de esperar, era de
sentido común, que me trataran bien y no siempre fue así. Tampoco estoy
diciendo que todo sea blanco o negro, bueno o malo. Está claro que si estuve
con esas personas era porque me aportaban algo en ese momento, pero el conjunto
fue negativo. Y nuestra relación, en cambio, fue buena.
Aunque sé que estás lejísimos y que apenas hemos hablado en estos 14 años desde que nuestra relación se acabó, sé que eres una persona con la que puedo hablar sin problema si nos apetece, y sé que si un día nuestros caminos se cruzan en ese raro trayecto Bilbao-China-Madrid, podremos sentarnos juntos a tomar un café, ponernos al día y contarnos nuestras aventuras.
Además, mis padres me enseñaron que es de bien nacidos ser agradecidos. Así pues...
Muchas gracias, Íñigo.
Con cariño,
Ana
P.d.: Aún tengo guardadas todas tus cartas, atadas con un lazo rojo, como buena romántica que soy, ja, ja, ja.
viernes, 8 de julio de 2016
Quiero gritar
Porque no sé qué va a ser de mi vida en dos años. Porque no sé qué va a pasar con este país en el que vivo, al que a veces amo y al que veces odio con todo mi ser. Últimamente lo odio más que otra cosa. Un país no es nada. Un país es la gente que lo habita. No podemos echar la culpa de lo que nos pasa a un país, porque un país no tiene responsabilidad, porque no es nada. Y la gente de mi país me decepciona más que otra cosa. Sí, a veces tienen sus puntos bonitos, solidarios, amables y buenos. Pero últimamente sólo veo miseria. Sólo veo mierda por todas partes. Veo machismo, veo racismo, veo homofobia, veo gente egoísta, veo políticos que no trabajan para solucionar los problemas, sino que sólo quieren enriquecerse a costa de los imbéciles que confiamos en ellos, o que no nos queda más remedio que seguir sus malditas normas. Y yo quiero gritar y patalear, y quiero hacer ver a la gente que su pasividad sólo nos condena. Que conformarse con lo que hay porque lo que puede venir pueda ser peor es aceptar que nos maltraten. Que tenemos que tomar las riendas porque no hay país. Porque nosotros somos el país. No son ellos; ni los políticos, ni los hombres que se creen superiores a las mujeres, ni los blancos que se creen mejores que los negros, chinos o árabes, ni los heterosexuales que se creen mejores que los gays, lesbianas, transexuales o de cualquier otra preferencia para querer a quien les salga de la punta del nabo o del chocho o de lo que les de la gana tener, que a usted qué cojones le importa lo que haga cada uno en su cama. Porque ya basta de que nos pisoteemos entre nosotros. Ya basta de que nos hagan odiarnos y pelearnos entre nosotros, cuando los poderosos son los que se quedan la mayor parte del pastel y la mayoría de la población vive con menos que más. Ya está puto bien. No puedo más con esta sociedad de mierda. Con este país de mierda que somos nosotros, que lo hacemos así. Y me hinchan las narices los seguidores acérrimos de un partido político. ¿Es que os da de comer? Obviamente a los dirigentes sí, pero ¿a nosotros? ¿A los curritos de toda la vida? No, que los que estamos currando por 4 duros somos nosotros, oiga, y 2 se los quedan en impuestos. ¿Qué es esa mierda de ser un puñetero fanático de un partido? Hay que ser crítico, y si el partido al que has votado te está jodiendo pues lo reconoces y te quejas y les exiges, no lo justifiques para tener la conciencia limpia y no sentirte mal con lo que votaste. Que los que votamos lo hacemos confiando en que lo que nos prometen con esas endulzadas promesas electorales se convierta en realidad como si las hiciera el hada madrina de Cenicienta, pero resulta que los políticos luego hacen lo que quieren y no cumplen. Esto tampoco quiere decir que vote cada uno así al tuntún porque todos tienen bonitos ideales. Tampoco hay que ser imbécil, mire. Que hay que informarse al menos un poquito. Pero que ya está bien de amar y justificar a un partido politico como si fuera un equipo de fútbol. Que si uno vota a un partido un año y a otro en otras elecciones no es ser chaquetero. Es informarse y votar lo que se cree mas conveniente, cojones. Que parecemos subnormales con las fidelidades políticas. Y quiero gritar no sólo por eso. Es todo, mire donde mire hay injusticias y estoy tan harta que quiero gritar, pero de verdad. Que a la próxima persona que me intenté justificar un comportamiento machista/racista/homofobo voy a dejar de hablarle por no partirle su estúpida cara. Y no quiero irme del país, no quiero irme lejos de mi familia y amigos, pero si esto sigue así igual me tengo que ir. Tengo la sensación de que esto es insostenible y que va a reventar por algún lado. Y tengo la sensación también de que muy poca gente se da cuenta de que esto es insostenible y va a reventar por algún lado, y sólo veo gente pasiva, y yo quiero hacer algo. Algo que no sea gritar. Quiero mejorar esto, pero no sé cómo, y eso me frustra más, y me hace querer gritar más. Argh.
Y sí, he escrito esto tal cual me ha salido, y no, no voy a corregir los tacos, ni las redundancias, ni nada, que si la vida es así pues así la digo. Y a tomar por culo todo.
Y sí, he escrito esto tal cual me ha salido, y no, no voy a corregir los tacos, ni las redundancias, ni nada, que si la vida es así pues así la digo. Y a tomar por culo todo.
miércoles, 15 de junio de 2016
Papá, mamá, no quiero ser una princesa.
Papá, mamá, siento decepcionaros si queríais una pequeña princesita adorable, pero yo no soy eso. He pasado muchos años queríendo serlo, viendo modelos de conducta por todas partes que me empujaban a ser amable, sonriente, dulce, cariñosa y a no molestar mucho, si podía ser. Las niñas, las chicas, las señoritas (no digamos mujeres, que suena muy adulto y sin gracia), tenemos que ser esbeltas, gráciles, guapas, aseadas, bien peinadas y maquilladas, con un aura que desprenda fragilidad y gracia por todas partes. Tenemos que ser un adorno, y tenemos que querer serlo. Miles de influencias nos lo gritan a la cara desde que somos pequeñas; incluso antes de nacer ya nos están comprando ropa rosa, no vaya a ser que nos vistan de otro color y parezcamos un niño.
Eso no quiere decir que rechace de plano todo eso. Se puede ser amable, sonriente, dulce y cariñosa, no hay problema en ello. Pero eso no quiere decir que haya que ser así todo el tiempo. Yo me considero una persona amable y cariñosa, pero también tengo mucho carácter, digo lo que pienso y lucho por lo que quiero. Ahí hay un conflicto con el ideal princesil. Y ese conflicto lo he sufrido toda mi vida, porque en cuanto una niña/chica/señorita saca un poco de nervio, resulta que es una marimandona, o una borde, o cualquier otro calificativo despectivo. Porque una princesa tiene que ser un ser hermoso y pasivo, no puede ser decidida, no puede pensar, no puede tener carácter, no puede destacar y no puede cuestionar las órdenes. Tiene que seguir el protocolo marcado, y, si lo incumple, chirria y hace que todo el mundo la mire con desprecio para que se arrepienta y vuelva a ser una princesa impecable.
No me maquillo. No lo hago porque me da pereza y luego siento la cara rara. El maquillaje me pica, me molesta, y no me parece que el esfuerzo de ponérmelo y llevarlo merezca la pena. Sí, me veo más guapa si me maquillo porque eso es lo que nos hacen deglutir una y otra vez desde la publicidad. Pero ¿por qué tengo que ser más guapa (si es que el maquillaje de verdad es bello)?¿Con qué fin?¿Para quién? Si es para mí, la verdad es que yo prefiero ir con la cara lavada, mucho más a gusto. Si es para complacer a los hombres entonces no me interesa. Al hombre al que le tengo que gustar ya le gusto lavada, despeinada y recién despierta. No soy un adorno, ni yo ni ninguna mujer. La que se maquille porque a ella le guste bien por ella, pero a las que no nos gusta ¿por qué tenemos que hacerlo? Quien dice maquillarse dice depilarse, matarse en el gimnasio o sin comer para estar delgada, llevar tacones o ropa incómoda para ir sexy o elegante o ambas cosas, maltratar el pelo con miles de productos para darle color o una forma específica... Lo mismo me da, básicamente cualquier tipo de actividad para cambiar lo que somos por naturaleza. Como toda buena princesa tiene que hacer para estar impecable.
No quiero ser princesa. No quiero comportarme todo el rato pensando en lo que van a pensar los que están a mi alrededor. Quiero poder decir lo que pienso y que se me escuche, quiero poder reirme a carcajadas sin que me miren como si estuviera loca, quiero poder expresar lo que siento sin que se me trate de histérica. Quiero poder llevar mis pendientes de perlas y enseñar mi tatuaje a la vez, sin que desentonen porque no encajan en un estándar social. Quiero poder decir "mama" en vez de "mamá" y no preocuparme si no suena fino. No he nacido en una alta cuna ¿y qué? Eso no quiere decir que sea peor que la gente que sí. ¿Por qué tengo que ser refinada? Ni que fuera a comer con el rey.
Ojo, que todo lo que estoy diciendo no quiere decir que no sepa comportarme. Sé diferenciar perfectamente un ambiente de otro. Pero si en mi casa y con mi familia digo muchos tacos y expresiones brutas, pues me expreso libremente y me río todo lo que quiero. Eso no quita que siempre salude, diga "por favor" y "gracias" y trate de usted a mis mayores. Eso no quita que cuando esté en mi lugar de trabajo sepa comportarme de manera profesional. Pero que en la intimidad familiar diga alguna burrada no me quita valor. Ni que no encaje con el estándar de mujer perfecta me quita valor. Y soy mujer, y me gusta, pero odio que por no ser perfecta me quieran hacer sentir menos mujer. Soy MUJER, me gusta y nadie me va a quitar eso. Y no, no soy una princesa. Y sí, soy cisgénero, heterosexual, blanca y no tengo ningún tipo de minusvalía pero creo que las mujeres que no coinciden con esto también son mujeres, y no son menos femeninas por ello. Porque la feminidad no es ser perfecta, no es ser un adorno, y no es encajar en un estándar social. Y a ninguna mujer deberían hacernos sentir menos mujer por no encajar con ese estándar.
Cerca ya de la treintena, por fin me he dado cuenta de que lo que quiero ser es una amazona, no una princesa.
Eso no quiere decir que rechace de plano todo eso. Se puede ser amable, sonriente, dulce y cariñosa, no hay problema en ello. Pero eso no quiere decir que haya que ser así todo el tiempo. Yo me considero una persona amable y cariñosa, pero también tengo mucho carácter, digo lo que pienso y lucho por lo que quiero. Ahí hay un conflicto con el ideal princesil. Y ese conflicto lo he sufrido toda mi vida, porque en cuanto una niña/chica/señorita saca un poco de nervio, resulta que es una marimandona, o una borde, o cualquier otro calificativo despectivo. Porque una princesa tiene que ser un ser hermoso y pasivo, no puede ser decidida, no puede pensar, no puede tener carácter, no puede destacar y no puede cuestionar las órdenes. Tiene que seguir el protocolo marcado, y, si lo incumple, chirria y hace que todo el mundo la mire con desprecio para que se arrepienta y vuelva a ser una princesa impecable.
No me maquillo. No lo hago porque me da pereza y luego siento la cara rara. El maquillaje me pica, me molesta, y no me parece que el esfuerzo de ponérmelo y llevarlo merezca la pena. Sí, me veo más guapa si me maquillo porque eso es lo que nos hacen deglutir una y otra vez desde la publicidad. Pero ¿por qué tengo que ser más guapa (si es que el maquillaje de verdad es bello)?¿Con qué fin?¿Para quién? Si es para mí, la verdad es que yo prefiero ir con la cara lavada, mucho más a gusto. Si es para complacer a los hombres entonces no me interesa. Al hombre al que le tengo que gustar ya le gusto lavada, despeinada y recién despierta. No soy un adorno, ni yo ni ninguna mujer. La que se maquille porque a ella le guste bien por ella, pero a las que no nos gusta ¿por qué tenemos que hacerlo? Quien dice maquillarse dice depilarse, matarse en el gimnasio o sin comer para estar delgada, llevar tacones o ropa incómoda para ir sexy o elegante o ambas cosas, maltratar el pelo con miles de productos para darle color o una forma específica... Lo mismo me da, básicamente cualquier tipo de actividad para cambiar lo que somos por naturaleza. Como toda buena princesa tiene que hacer para estar impecable.
No quiero ser princesa. No quiero comportarme todo el rato pensando en lo que van a pensar los que están a mi alrededor. Quiero poder decir lo que pienso y que se me escuche, quiero poder reirme a carcajadas sin que me miren como si estuviera loca, quiero poder expresar lo que siento sin que se me trate de histérica. Quiero poder llevar mis pendientes de perlas y enseñar mi tatuaje a la vez, sin que desentonen porque no encajan en un estándar social. Quiero poder decir "mama" en vez de "mamá" y no preocuparme si no suena fino. No he nacido en una alta cuna ¿y qué? Eso no quiere decir que sea peor que la gente que sí. ¿Por qué tengo que ser refinada? Ni que fuera a comer con el rey.
Ojo, que todo lo que estoy diciendo no quiere decir que no sepa comportarme. Sé diferenciar perfectamente un ambiente de otro. Pero si en mi casa y con mi familia digo muchos tacos y expresiones brutas, pues me expreso libremente y me río todo lo que quiero. Eso no quita que siempre salude, diga "por favor" y "gracias" y trate de usted a mis mayores. Eso no quita que cuando esté en mi lugar de trabajo sepa comportarme de manera profesional. Pero que en la intimidad familiar diga alguna burrada no me quita valor. Ni que no encaje con el estándar de mujer perfecta me quita valor. Y soy mujer, y me gusta, pero odio que por no ser perfecta me quieran hacer sentir menos mujer. Soy MUJER, me gusta y nadie me va a quitar eso. Y no, no soy una princesa. Y sí, soy cisgénero, heterosexual, blanca y no tengo ningún tipo de minusvalía pero creo que las mujeres que no coinciden con esto también son mujeres, y no son menos femeninas por ello. Porque la feminidad no es ser perfecta, no es ser un adorno, y no es encajar en un estándar social. Y a ninguna mujer deberían hacernos sentir menos mujer por no encajar con ese estándar.
Cerca ya de la treintena, por fin me he dado cuenta de que lo que quiero ser es una amazona, no una princesa.
jueves, 15 de octubre de 2015
"El mejor reglamento, que el usuario esté contento"
Empezar un nuevo trabajo me hace repasar mi trayectoria laboral. Recuerdo desde mi primer trabajo como camarera, algo temporal para ganarme un dinerillo y pagar mis caprichos, hasta mi trabajo actual, ahora en el Senado. También influye que el trayecto en transporte público me da mucho tiempo para pensar; aunque vaya leyendo algún libro, muchas veces mis pensamientos van por donde quieren.
Hoy me he acordado de una experiencia que tuve trabajando en el mostrador de atención al usuario en la biblioteca de la universidad. En aquella época trabajaba por las tardes, de 5 a 9, hasta que cerraba la biblioteca. Una tarde tranquila de invierno, bastante oscura ya, vino un señor de alrededor de 50 años, aunque puede que fuera más o puede que fuera menos, nunca he sido muy buena adivinando la edad de las personas. No era el típico usuario de la biblioteca, no parecía un profesor ni tampoco un alumno, aunque hay gran variedad y yo misma he ido a clase con gente de mediana edad, pero no me dio la sensación de ser lo uno ni lo otro. Se acercó un poco tímido hacia mí, que le saludé como a todo el que se me acercaba, para abrir diálogo y ver qué necesitaba. Empezó a darme explicaciones, parecía que justificándose, diciendo que a ver si podía hacerle un favor, que él no sabía utilizar su móvil bien y necesitaba mandar un mensaje. Yo, por un momento, me quedé un poco extrañada y sin saber muy bien qué hacer, ya que no estábamos allí para ese tipo de consultas, pero enseguida me recompuse, aparté mi lado de trabajadora y como tampoco estábamos muy ocupados en el mostrador, le ayudé como si me lo hubiera pedido una persona cualquiera en la calle. El mensaje que quería que le escribiese, que fui transcribiendo según él me iba dictando, era de carácter serio, incluso con un tono de enfado, dirigido a su padre. En esos momentos me sentí incómoda, pues era como si no estuviera respetando la intimidad de una conversación importante y dolorosa entre dos personas. Por otro lado, también sentí pena, se me hizo muy extraño ver a un adulto desvalido, primero por no tener una destreza que hoy en día es bastante básica, y segundo por tener un problema con su padre casi como si fuera un adolescente. Me dieron ganas de apartarme de él para darle su intimidad, pero también de darle un abrazo. No sé muy bien por qué me hizo sentir tanto, quizá estaba en un día particularmente sensible, pero así fue.
Cuando terminé de escribirle el mensaje y enviarlo, le devolví el móvil y él me dio las gracias varias veces. Se marchó y yo me quedé con una sensación de desazón en el cuerpo. Aunque no había mucho trabajo tenía cosas que hacer, así que me marché del mostrador al depósito de fondo especializado a colocar los ejemplares que habían devuelto a lo largo de la tarde. Estuve un rato allí, disfrutando de la paz y el silencio que suele haber mientras hacía mi trabajo e intentaba quitarme de la cabeza el mensaje que me había dictado el hombre.
Siempre me encantó bajar al depósito. Es una sala rectangular enorme, con cientos de estanterías colocadas como fichas de dominó. Al principio de trabajar allí me perdía entre las estanterías buscando un número de la CDU para colocar el ejemplar que correspondiera, y daba más vueltas que una veleta, pero conforme avanzaron las semanas empecé a tener un conocimiento espacial bastante preciso, y sabía por qué número empezaban y acababan los pasillos, así que enseguida me situaba. Disfrutaba muchísimo cuando algún usuario despistado y abrumado por la cantidad de números y auxiliares, estanterías y pasillos no era capaz de encontrar el manual que buscaba y me preguntaba. Al momento, me giraba en la dirección correcta y echaba a andar como un autómata, directa al número que buscaba mientras el estudiante (o, en menos ocasiones, el profesor) me seguía y se quedaba maravillado de que encontrara el libro que quería a la primera. Sentía como si fuese la guardiana de los libros, como si estos fuesen parte de mí; conocía el depósito como la palma de mi mano, y me encantaba ayudar a las ovejitas descarriadas. Y el silencio, ese silencio que no hay en ningún sitio más. En ese depósito no había mesas de estudiantes, estas estaban en otras salas, así que lo único que se oían eran pasos cuando había alguien buscando algo, sino ni eso. Nunca olvidaré ese silencio y no dejaré de querer volver a él.
Cuando terminé de colocar todo lo que llevaba en el carrito regresé al mostrador principal. Al llegar, uno de los funcionarios me dio un bollo en su bolsita de plástico, de los que vendían en la máquina expendedora de la entrada. Resulta que el señor del móvil, al salir se sentía tan agradecido que compró el bollo y regresó para dármelo por haberle ayudado, pero como no estaba lo dejó allí para mí. Se me cayó el alma a los pies. No tenía por qué hacer eso, no era necesario, yo sólo quería ayudarle.
Hoy me he acordado de una experiencia que tuve trabajando en el mostrador de atención al usuario en la biblioteca de la universidad. En aquella época trabajaba por las tardes, de 5 a 9, hasta que cerraba la biblioteca. Una tarde tranquila de invierno, bastante oscura ya, vino un señor de alrededor de 50 años, aunque puede que fuera más o puede que fuera menos, nunca he sido muy buena adivinando la edad de las personas. No era el típico usuario de la biblioteca, no parecía un profesor ni tampoco un alumno, aunque hay gran variedad y yo misma he ido a clase con gente de mediana edad, pero no me dio la sensación de ser lo uno ni lo otro. Se acercó un poco tímido hacia mí, que le saludé como a todo el que se me acercaba, para abrir diálogo y ver qué necesitaba. Empezó a darme explicaciones, parecía que justificándose, diciendo que a ver si podía hacerle un favor, que él no sabía utilizar su móvil bien y necesitaba mandar un mensaje. Yo, por un momento, me quedé un poco extrañada y sin saber muy bien qué hacer, ya que no estábamos allí para ese tipo de consultas, pero enseguida me recompuse, aparté mi lado de trabajadora y como tampoco estábamos muy ocupados en el mostrador, le ayudé como si me lo hubiera pedido una persona cualquiera en la calle. El mensaje que quería que le escribiese, que fui transcribiendo según él me iba dictando, era de carácter serio, incluso con un tono de enfado, dirigido a su padre. En esos momentos me sentí incómoda, pues era como si no estuviera respetando la intimidad de una conversación importante y dolorosa entre dos personas. Por otro lado, también sentí pena, se me hizo muy extraño ver a un adulto desvalido, primero por no tener una destreza que hoy en día es bastante básica, y segundo por tener un problema con su padre casi como si fuera un adolescente. Me dieron ganas de apartarme de él para darle su intimidad, pero también de darle un abrazo. No sé muy bien por qué me hizo sentir tanto, quizá estaba en un día particularmente sensible, pero así fue.
Cuando terminé de escribirle el mensaje y enviarlo, le devolví el móvil y él me dio las gracias varias veces. Se marchó y yo me quedé con una sensación de desazón en el cuerpo. Aunque no había mucho trabajo tenía cosas que hacer, así que me marché del mostrador al depósito de fondo especializado a colocar los ejemplares que habían devuelto a lo largo de la tarde. Estuve un rato allí, disfrutando de la paz y el silencio que suele haber mientras hacía mi trabajo e intentaba quitarme de la cabeza el mensaje que me había dictado el hombre.
Siempre me encantó bajar al depósito. Es una sala rectangular enorme, con cientos de estanterías colocadas como fichas de dominó. Al principio de trabajar allí me perdía entre las estanterías buscando un número de la CDU para colocar el ejemplar que correspondiera, y daba más vueltas que una veleta, pero conforme avanzaron las semanas empecé a tener un conocimiento espacial bastante preciso, y sabía por qué número empezaban y acababan los pasillos, así que enseguida me situaba. Disfrutaba muchísimo cuando algún usuario despistado y abrumado por la cantidad de números y auxiliares, estanterías y pasillos no era capaz de encontrar el manual que buscaba y me preguntaba. Al momento, me giraba en la dirección correcta y echaba a andar como un autómata, directa al número que buscaba mientras el estudiante (o, en menos ocasiones, el profesor) me seguía y se quedaba maravillado de que encontrara el libro que quería a la primera. Sentía como si fuese la guardiana de los libros, como si estos fuesen parte de mí; conocía el depósito como la palma de mi mano, y me encantaba ayudar a las ovejitas descarriadas. Y el silencio, ese silencio que no hay en ningún sitio más. En ese depósito no había mesas de estudiantes, estas estaban en otras salas, así que lo único que se oían eran pasos cuando había alguien buscando algo, sino ni eso. Nunca olvidaré ese silencio y no dejaré de querer volver a él.
Cuando terminé de colocar todo lo que llevaba en el carrito regresé al mostrador principal. Al llegar, uno de los funcionarios me dio un bollo en su bolsita de plástico, de los que vendían en la máquina expendedora de la entrada. Resulta que el señor del móvil, al salir se sentía tan agradecido que compró el bollo y regresó para dármelo por haberle ayudado, pero como no estaba lo dejó allí para mí. Se me cayó el alma a los pies. No tenía por qué hacer eso, no era necesario, yo sólo quería ayudarle.
jueves, 12 de marzo de 2015
Donde se cuenta por qué no leer 50 sombras de Grey o "Una y no más, Santo Tomás"
Después de todo el revuelo que se montó con 50 sombras de Grey, al final me he leído el libro (el primero de los tres) para poder dar mi opinión. Me ha costado una barbaridad, es aburrido, repetitivo, incoherente... En fin, una joyita, aunque tampoco esperaba más. De los otros dos he leído un resumen porque me niego a perder mi tiempo más con esta trilogía, bastante es que me he terminado el primero por que no me gusta dejar libros a medio leer, pero ganas he tenido.
Antes de nada, quiero dejar claro que esto es mi opinión y que cada uno lea lo que quiera o pueda, faltaría más, pero no le recomendaría este libro a nadie. Soy una persona que no está en contra de los bestsellers, al contrario, he leído y disfrutado algunos, otros los he leído y no los he disfrutado tanto pero me han hecho pasar el rato, y opino que todo lo que haga leer a la gente es bueno. Pero este libro no vale para nada, ni para calzar una mesa porque es demasiado gordo y le sobra paja por todos lados (no pun intended). Me parece malo como él solo y, además, puede meter malas ideas en cabecitas poco cocidas. No es por el tema del bondage ni por el tema del machismo. Hay novelas eróticas con pasajes mucho más brutales, y otras en las que el machismo es atroz. ¿Por qué considero entonces que puede dar malas ideas? Porque muchas niñas/adolescentes/no tan adolescentes se están enamorando de un hombre controlador, machista, obsesivo y que apresa a la protagonista de una forma increíble. Están idealizando una relación que no es para nada sana, y que, si empieza así, probablemente acabe en maltrato y no en "vivieron felices, comieron perdices, follaron mucho y tuvieron muchos hijos, y además forraditos de dinero que el tío es muchimillonario". Como decía, hay literatura erótica más salvaje y machismo más escandaloso, pero las niñas (o los niños) no lo idealizan ni lo toman como algo normal. He sacado varios fragmentos del libro en los que hay motivos claros por los que yo misma huiría de una relación, os dejo un par. Perdonad la calidad de las imágenes pero las saco con el móvil mientras voy en el tren y está complicado; aún así, quería ponerlas tal cual para que veáis que no retoco ni una palabra.
Antes de nada, quiero dejar claro que esto es mi opinión y que cada uno lea lo que quiera o pueda, faltaría más, pero no le recomendaría este libro a nadie. Soy una persona que no está en contra de los bestsellers, al contrario, he leído y disfrutado algunos, otros los he leído y no los he disfrutado tanto pero me han hecho pasar el rato, y opino que todo lo que haga leer a la gente es bueno. Pero este libro no vale para nada, ni para calzar una mesa porque es demasiado gordo y le sobra paja por todos lados (no pun intended). Me parece malo como él solo y, además, puede meter malas ideas en cabecitas poco cocidas. No es por el tema del bondage ni por el tema del machismo. Hay novelas eróticas con pasajes mucho más brutales, y otras en las que el machismo es atroz. ¿Por qué considero entonces que puede dar malas ideas? Porque muchas niñas/adolescentes/no tan adolescentes se están enamorando de un hombre controlador, machista, obsesivo y que apresa a la protagonista de una forma increíble. Están idealizando una relación que no es para nada sana, y que, si empieza así, probablemente acabe en maltrato y no en "vivieron felices, comieron perdices, follaron mucho y tuvieron muchos hijos, y además forraditos de dinero que el tío es muchimillonario". Como decía, hay literatura erótica más salvaje y machismo más escandaloso, pero las niñas (o los niños) no lo idealizan ni lo toman como algo normal. He sacado varios fragmentos del libro en los que hay motivos claros por los que yo misma huiría de una relación, os dejo un par. Perdonad la calidad de las imágenes pero las saco con el móvil mientras voy en el tren y está complicado; aún así, quería ponerlas tal cual para que veáis que no retoco ni una palabra.
Cada vez que Anastasia (la protagonista) habla con un hombre o alguno se acerca a ella, Christian Grey ya está ojo avizor para ponerle mala cara y que ella se aleje de cualquiera que sea el hombre y se vaya con él como un cachorrito con el rabo entre las piernas. Está muy bien esa actitud, sí, señora E.L. James, bonito ejemplo da usted de las relaciones, porque claro, invitar a un hombre a desayunar es castrarlo, y porque si una chica está en un bar con sus amigos, de fiesta y un poco borrachina y le da por llamar al chico que le gusta, este inmediatamente debe rastrear su móvil cual psicópata acosador e ir a recogerla al instante, no vaya a ser (esto sucede tal cual).
También da un precioso ejemplo de cómo ser una materialista estupenda. Al comienzo del libro Anastasia habla de su gran amigo José, un chico de su edad, guapo, simpático y demás, y al que ella misma se refiere como "mi alma gemela". Pero le quiere sólo como amigo. En cuanto aparece Grey se vuelve loca por él, cuando no tienen nada en común. A mí lo natural me parece enamorarme de alguien con quien comparto aficiones, puntos de vista, filosofías de la vida... pero bueno, seré yo la rara.
Y qué decir sobre ella. En fin, es tonta hasta decir basta y es un personaje plano y caricaturesco de lo simple que es. Con sus "uau", "dios mío", "me ruborizo" (que si no se ruboriza lo menos 100 veces no se ruboriza ninguna, yo creo que tiene un problema físico) y sus 200.000 preguntas absurdas... Parece un muñeco con una cuerda a la espalda y que suelta sólo tres o cuatro frases una y otra vez. ¡Ah! Una cosa que me ha dolido en la profesión: llama incunables a unos libros impresos en 1891.
Esta chica no tiene ninguna coherencia. ¿Qué clase de persona cuando piensa habla y recibe opiniones de otras dos personas que habitan su mente? Yo diría que eso se llama esquizofrenia, pero vale. Cada vez que leía lo de "mi diosa interior" me daban ganas de tirar el libro por la ventana.
Y sobre el sexo también crea unas expectativas muy poco realistas, pero como cualquier clase de porno. Especial mención para el momento en el que por primera vez mantienen relaciones (ella es virgen hasta ese momento, claro) y con sólo tocarle y chuparle los pezones unos segundos ella tiene un orgasmo cuando no había tenido ninguno en su vida porque además de virgen tampoco se había masturbado nunca (cof, cof). Bravo, bravísimo. Para todas las/os niñas/niños/adolescentes/no tan adolescentes que se han creído algo de lo se describe en el libro, os dejo este vídeo con datos reales sobre el sexo.
Ahora me preparo para recibir abucheos de las fanses y fansas, que igual hiero algún sentimiento. Abro el paraguas y voy a buscar algo decente para leer. Besitos.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Para todos esos que nos desprecian
Mi blog no suele ser reinvindicativo, suelo utilizarlo para escribir un poco lo que me pasa por la cabeza, sin más, pero hoy quiero lanzar un mensaje a todos esos hombres que desprecian a las mujeres (incluso a mujeres que desprecian a las mujeres, que es más lamentable aún, pero existen). Hace mucho que tenía que haber escrito algo así, porque no es ni la primera ni la última vez que me llaman feminazi por indignarme con un chiste machista. Tampoco es la primera ni la última vez que oigo a un hombre esgrimir el argumento de "es que vosotras no pagáis en las discotecas". No sabéis hasta que punto estáis equivocados. Es que no tenéis ni idea.
Antes de nada hago una aclaración: ni desprecio a los hombres, ni digo que todos sean iguales. No tengo traumas de ningún tipo relacionados con el sexo masculino. Vivo con mi novio, al que adoro. Tengo roles masculinos en mi familia como mi padre y mi hermano a los que quiero mucho y que, aunque alguna vez hayan caído en un comentario machista de los menos ofensivos se lo perdono porque lo tenemos tan interiorizado que no nos damos ni cuenta de lo que decimos a veces. Tengo muchos amigos con los que me llevo genial, y puedo bromear con ellos. Incluso alguna vez me puedo reír de un chiste machista, pero siempre con una persona que conozco y sé que no es machista, simplemente es una broma como puede ser una broma de humor de otro tipo; y si a mí me apetece reírme de ello, porque no tengo que estar de buen humor siempre aunque algunos crean que es así. Tampoco tengo envidia de los hombres, ni tengo envidia de pene ni ninguna chorrada de esas. Soy una mujer, me siento como una mujer, y me gusta ser mujer.
Aclarado todo esto quiero decir varias cosas, y me dirijo específicamente a hombres que muestran algún grado de misoginia, no a todos los hombres en general:
No sabéis lo que es ser mujer. Os reís de cualquier cosa y decís que es "sólo un chiste" o que "no tiene importancia" y que "es que no tienes nada de humor, ríete un poco" o que "¿qué te han hecho a ti los hombres? Pobrecita". La discriminación muchas veces es muy sutil, está tan arraigada en nuestro cerebro que no nos damos ni cuenta, y a veces la utilizamos nosotras mismas. No me refiero a esa gente que pone alumnxs o alumn@s. Eso me parece una gilipollez. El lenguaje es como es, a mí no me ofende que el plural se haga en masculino ¿y? Las mujeres tenemos problemas mucho más graves, eso es estúpido y preocuparse por eso o por si el oso del oso y el madroño es macho o hembra son gilipolleces. Cuando hay mujeres siendo asesinadas por sus parejas o exparejas todo eso me parecen idioteces, perdonadme si os parezco radical. Tampoco apoyo que ninguna mujer asesine a su novio/exnovio/marido/exmarido/vecinodelquinto, que parece que a veces dices lo de la violencia machista y ya salta alguno con esas, y me parece igual de reprochable para ambos asesinos, sean hombre o mujer. Entonces ¿por qué se oye más lo de los asesinatos de las mujeres? Porque son más, y punto, no porque seamos unas quejicas. En un mundo ideal nadie mataría a nadie, pero resulta que en este mundo hay un puñado de desgraciados que deciden que esa mujer les pertenece y creen que pueden hacer con ella lo que quieran. Pues no, y tenemos que luchar contra eso. Ahora me dirá alguno que "es que hay muchas mujeres que denuncian en falso y se aprovechan de los hombres". Bueno, si alguno quiere hacer un Toni Cantó haya él, pero que sepáis que se equivocó y tuvo que rectificar. Como en todos los sitios, siempre hay algún listillo que se aprovecha, y también hay mujeres sin escrúpulos que se aprovechan, pero por suerte son las menos (13 denuncias falsas de un total de 135.540 denuncias en 2009, un 0,0096% del total), y las leyes de violencia de género ayudan a proteger a mujeres que de otra manera serían atacadas o incluso asesinadas. Y no se trata sólo de asesinatos, también es otro tipo de violencia, como las violaciones o las agresiones, la que sufrimos las mujeres. En esta noticia hablan sobre que el 33% de las mujeres de la UE ha sufrido algún tipo de violencia machista alguna vez en su vida. Una de cada tres mujeres en Europa, una de cada cinco en España, ya no hablo de otros países como los islámicos.
Una de cada cinco mujeres que te cruces por la calle alguna vez han sido violadas, tocadas en contra de su voluntad, agredidas, insultadas o cualquier otra barbaridad sólo por el hecho de ser mujer. Quizá tu madre, tu hermana, tu tía, tu prima o tu mejor amiga han sufrido algo así, pero muchas veces estamos asustadas o avergonzadas como para reconocerlo, así que alguno todavía tiene el valor de decir que ya no hay machismo. Luego vamos al mundo laboral y nos encontramos muchísimas formas de ser discriminadas también, como se puede leer en esta otra noticia. Ganamos menos, nos contratan menos, nos hacen preguntas en las entrevistas de trabajo que son ilegales (como si planeamos tener hijos, o si tenemos novio o estamos casadas)... Bueno, parece que la entrada gratis a la discoteca no nos compensa ¿eh? Yo os lo cambio, podéis entrar a la discoteca gratis, pero nosotras ganamos más. ¿O no? Yo creo que lo mejor es que todos ganemos lo mismo y que el que quiera ir a la discoteca que se pague su entrada. ESO es el feminismo: igualdad entre hombres y mujeres.
Resulta que son las mujeres las que han tenido que luchar para que sus derechos se equiparen con los hombres, pues se llama feminismo. Ya está, no es para tanto, es como lo del plural en masculino ¿y? Aceptadlo; y lavaos la boca, que de tanto usar la palabra feminazi luego os va a picar.
Cuando tengáis que aguantar todo esto, solo por algo que no podéis controlar, porque habéis nacido así, entonces recriminadnos que no nos riamos con todos vuestros chistes y frases machistas. Yo decido si me río o si me lo tomo como lo que es, un desprecio hacia mí y hacia todas las mujeres.
No necesito que me digáis que estoy amargada, ni que soy una feminazi, ni nada por el estilo. Porque no lo soy, y tengo derecho a reivindicar mi igualdad y que no se me desprecie ni nadie se ría de mí por el hecho de ser mujer. Yo quiero a los hombres, y tengo derecho a que se me quiera igual, a mí y a todas las mujeres. Somos vuestras madres, somos vuestras hermanas, amigas, familiares... No tenéis por qué tratarnos así.
Antes de nada hago una aclaración: ni desprecio a los hombres, ni digo que todos sean iguales. No tengo traumas de ningún tipo relacionados con el sexo masculino. Vivo con mi novio, al que adoro. Tengo roles masculinos en mi familia como mi padre y mi hermano a los que quiero mucho y que, aunque alguna vez hayan caído en un comentario machista de los menos ofensivos se lo perdono porque lo tenemos tan interiorizado que no nos damos ni cuenta de lo que decimos a veces. Tengo muchos amigos con los que me llevo genial, y puedo bromear con ellos. Incluso alguna vez me puedo reír de un chiste machista, pero siempre con una persona que conozco y sé que no es machista, simplemente es una broma como puede ser una broma de humor de otro tipo; y si a mí me apetece reírme de ello, porque no tengo que estar de buen humor siempre aunque algunos crean que es así. Tampoco tengo envidia de los hombres, ni tengo envidia de pene ni ninguna chorrada de esas. Soy una mujer, me siento como una mujer, y me gusta ser mujer.
Aclarado todo esto quiero decir varias cosas, y me dirijo específicamente a hombres que muestran algún grado de misoginia, no a todos los hombres en general:
No sabéis lo que es ser mujer. Os reís de cualquier cosa y decís que es "sólo un chiste" o que "no tiene importancia" y que "es que no tienes nada de humor, ríete un poco" o que "¿qué te han hecho a ti los hombres? Pobrecita". La discriminación muchas veces es muy sutil, está tan arraigada en nuestro cerebro que no nos damos ni cuenta, y a veces la utilizamos nosotras mismas. No me refiero a esa gente que pone alumnxs o alumn@s. Eso me parece una gilipollez. El lenguaje es como es, a mí no me ofende que el plural se haga en masculino ¿y? Las mujeres tenemos problemas mucho más graves, eso es estúpido y preocuparse por eso o por si el oso del oso y el madroño es macho o hembra son gilipolleces. Cuando hay mujeres siendo asesinadas por sus parejas o exparejas todo eso me parecen idioteces, perdonadme si os parezco radical. Tampoco apoyo que ninguna mujer asesine a su novio/exnovio/marido/exmarido/vecinodelquinto, que parece que a veces dices lo de la violencia machista y ya salta alguno con esas, y me parece igual de reprochable para ambos asesinos, sean hombre o mujer. Entonces ¿por qué se oye más lo de los asesinatos de las mujeres? Porque son más, y punto, no porque seamos unas quejicas. En un mundo ideal nadie mataría a nadie, pero resulta que en este mundo hay un puñado de desgraciados que deciden que esa mujer les pertenece y creen que pueden hacer con ella lo que quieran. Pues no, y tenemos que luchar contra eso. Ahora me dirá alguno que "es que hay muchas mujeres que denuncian en falso y se aprovechan de los hombres". Bueno, si alguno quiere hacer un Toni Cantó haya él, pero que sepáis que se equivocó y tuvo que rectificar. Como en todos los sitios, siempre hay algún listillo que se aprovecha, y también hay mujeres sin escrúpulos que se aprovechan, pero por suerte son las menos (13 denuncias falsas de un total de 135.540 denuncias en 2009, un 0,0096% del total), y las leyes de violencia de género ayudan a proteger a mujeres que de otra manera serían atacadas o incluso asesinadas. Y no se trata sólo de asesinatos, también es otro tipo de violencia, como las violaciones o las agresiones, la que sufrimos las mujeres. En esta noticia hablan sobre que el 33% de las mujeres de la UE ha sufrido algún tipo de violencia machista alguna vez en su vida. Una de cada tres mujeres en Europa, una de cada cinco en España, ya no hablo de otros países como los islámicos.
Resulta que son las mujeres las que han tenido que luchar para que sus derechos se equiparen con los hombres, pues se llama feminismo. Ya está, no es para tanto, es como lo del plural en masculino ¿y? Aceptadlo; y lavaos la boca, que de tanto usar la palabra feminazi luego os va a picar.
Cuando tengáis que aguantar todo esto, solo por algo que no podéis controlar, porque habéis nacido así, entonces recriminadnos que no nos riamos con todos vuestros chistes y frases machistas. Yo decido si me río o si me lo tomo como lo que es, un desprecio hacia mí y hacia todas las mujeres.
No necesito que me digáis que estoy amargada, ni que soy una feminazi, ni nada por el estilo. Porque no lo soy, y tengo derecho a reivindicar mi igualdad y que no se me desprecie ni nadie se ría de mí por el hecho de ser mujer. Yo quiero a los hombres, y tengo derecho a que se me quiera igual, a mí y a todas las mujeres. Somos vuestras madres, somos vuestras hermanas, amigas, familiares... No tenéis por qué tratarnos así.
Y lo siento, pero los que os reís de nosotras, los que nos tratáis mal, no sois hombres de verdad, sois unos cretinos con complejo de superioridad y probablemente malas personas en general, no solo en el trato hacia la mujer.
Por suerte, alguno está a tiempo de abrir los ojos y cambiar su actitud, aunque sé que serán los menos, y si con este ladrillazo que acabo de soltar sólo uno abre un poquito su mente, yo me doy por satisfecha.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Fotografías
Me encanta la fotografía, cuando me voy de viaje siempre hago cientos de fotos, aunque sólo me vaya por unos días. Desde que existen las cámaras digitales y no es necesario gastarse el dinero para hacer más y más fotos no paro de hacer pruebas, buscar diferentes ángulos, diferentes luces y colores, cualquier detalle que el resto del mundo pueda pasar por alto. Tengo miles de instantáneas clasificadas en carpetas y me gusta volver a verlas de vez en cuando. Aún así, hay ciertas imágenes que nunca pude captar con una cámara, imágenes mucho más valiosas y extrañas, pues si otra persona pudiese haberlas visto congeladas en un papel no las habría comprendido. Tengo exactamente setecientas quince fotografías y vídeos de un viaje muy especial que hice a Valencia en enero de este año; algunas fotos son nítidas, bien encuadradas, con buena exposición y otras no tan buenas; unas con más significado y otras con menos. Hay vídeos graciosos y otros tiernos. Me encanta ver todo, revivir todo, pero no hay imágenes más vivas que las que retengo en mi memoria, como esos momentos en los que podíamos ver y contar las estrellas tumbados en la cama, abrazados, simplemente mirando el cielo sobre aquellas sábanas suaves y blancas. Esas estrellas que parecían por momentos bailar para nosotros y envolvernos con su silencio, pero que aún así nos contaban historias de amor.
lunes, 21 de julio de 2014
El gran paso
Cuando era pequeña imaginaba que con 25 años ya tendría trabajo y casa, estaría casada, tendría uno o dos hijos y toda mi vida resuelta. Cuando era pequeña pensaba que 25 años eran muchísimos, y habría tenido tiempo de hacer todo. Tengo 27, y apenas acabo de dar un paso, pero el paso más grande que he dado en mi vida, y aún me queda mucho camino que recorrer.
Hace una semana se cumplió lo que mi novio y yo estábamos deseando: irnos a vivir juntos. Hemos conseguido algo muy grande en estos momentos de crisis económica, en los que conseguir trabajo es toda una proeza. Ambos estamos trabajando, y nos da suficiente como para poder alquilar un piso, cubrir todos nuestros gastos y que aún nos sobre algo para ahorrar y para algún que otro caprichito. Hemos tenido una suerte inmensa en la búsqueda de piso y hemos encontrado una casa (que poco a poco estamos transformando en hogar) perfecta para nosotros. Nuestros respectivos padres han sido generosísimos y nos han comprado muchísimas cosas que necesitaríamos para la casa y nos han ayudado a mudarnos de la manera más cómoda posible. También contamos con su apoyo al completo.
Aún nos queda mucho por hacer. Colocar todo lo que nos hemos llevado al piso, acostumbrarnos a las tareas del hogar (sobre todo pensar qué cocinar cada día), acostumbrarnos al barrio, acostumbrarnos a la vida en pareja... Es un cambio inmenso y que da un poco de vértigo, pero estoy muy feliz de poder dar este paso junto a él.
Me siento muy afortunada de tener una familia como la mía, que me ha apoyado tanto con esta decisión, aunque me produce tristeza el marcharme de mi casa de toda la vida, y dejar a mis padres solos, ya que mi hermano se marchó de casa hace tiempo también. Con "suerte" no volveré a casa de mis padres nunca, ya que eso significaría que algo en la vida me ha ido mal. Ahora, aunque viva con mi novio, soy independiente, si me surge un problema tengo que resolverlo como buenamente pueda. Esa realidad acaba de plantarse ante mí y me asusta un poco, pero es que estoy saliendo de mi zona de confort y los cambios suelen dar miedo. Tengo que ser valiente y no dejarme amilanar. Ya no voy de la mano de mis padres, sino de la de mi novio, pero nuestras familias estarán cerca siempre. Los álbumes de fotos familiares van a cambiar, ahora hay personas nuevas en cada familia (él en la mía y yo en la suya), y es hora de crear nuevos recuerdos pero no para sustituir a los anteriores, sino para complementarlos y que nos hagan crecer como personas.
Ahora sólo queda empezar a caminar.
martes, 3 de junio de 2014
lunes, 19 de mayo de 2014
Fragmentos (X)
Clima continental, frío de una mañana de primavera que todavía duda entre el invierno y el verano. De camino allá donde haya que ir, pensando ya en la hora de salida de aquellas obligaciones y el momento de tener tiempo para uno mismo. Viajes en transporte público, donde nadie cruza miradas, donde una palabra dirigida al que va solo resuena con un eco extraño. Hay muchos ojos enrojecidos, no se sabe si por el sueño o por las ganas de llorar. Quizá uno por lo primero, otro por lo segundo, y un tercero por una conjuntivitis. Demasiados ojos rojos, pero ninguno me dirige una mirada.
A la salida del metro, sentada en las escaleras, hay una señora pidiendo dinero. Está envuelta en una túnica estampada de un color marrón muy sucio. Apenas sí se le ven los ojos, pero no importa porque nadie los mira. Es muy gorda, y envuelta en esa mortaja marrón parece una gran mierda. Puede que sea así como se siente al pedir dinero y se haya mimetizado con sus sentimientos. Quizá sea sólo una casualidad. Pero da lo mismo, porque absolutamente nadie le dirige una mirada o una palabra.
Sólo yo la miro y no puedo ver nada en ella, sus ojos no expresan ni un ápice de sus sentimientos, ni siquiera miran a los cientos de personas que se cruzan a escasos centímetros de ella, y de los que espera se apiaden de ella y le den algunos de los céntimos que tanto les cuesta ganar, arrastrándose como muertos vivientes todos los días hasta su lugar de trabajo. Ni siquiera tiene un cartel donde explique por qué está pidiendo una limosna.
Puede que tenga algún tipo de problema que le impida trabajar, puede que tenga siete hijos a los que alimentar, o un padre inválido, o sea una viuda, o una maltratada, o esté en paro, o sea una señora que no tiene ganas de hacer nada y se sienta allí esperando a que los demás la mantengan. No se sabe, cada viandante tiene total libertad para imaginarse la historía que quiera sobre la buena (o no) mujer. Y si esa historia le conmueve, puede ayudarla, o no.
Quizá no sea el primer pedigüeño que se encuentra y decida sólo apiadarse del primero. Porque la piedad tiene un límite, que suele coincidir con las ganas que tenga uno de echar la mano a la cartera. O, por lo menos, eso es lo que parece en las grandes ciudades. Puede que estemos ya insensibilizados, o puede que tengamos los ojos demasiado rojos como para percatarnos de las penurias de los demás.
A la salida del metro, sentada en las escaleras, hay una señora pidiendo dinero. Está envuelta en una túnica estampada de un color marrón muy sucio. Apenas sí se le ven los ojos, pero no importa porque nadie los mira. Es muy gorda, y envuelta en esa mortaja marrón parece una gran mierda. Puede que sea así como se siente al pedir dinero y se haya mimetizado con sus sentimientos. Quizá sea sólo una casualidad. Pero da lo mismo, porque absolutamente nadie le dirige una mirada o una palabra.
Sólo yo la miro y no puedo ver nada en ella, sus ojos no expresan ni un ápice de sus sentimientos, ni siquiera miran a los cientos de personas que se cruzan a escasos centímetros de ella, y de los que espera se apiaden de ella y le den algunos de los céntimos que tanto les cuesta ganar, arrastrándose como muertos vivientes todos los días hasta su lugar de trabajo. Ni siquiera tiene un cartel donde explique por qué está pidiendo una limosna.
Puede que tenga algún tipo de problema que le impida trabajar, puede que tenga siete hijos a los que alimentar, o un padre inválido, o sea una viuda, o una maltratada, o esté en paro, o sea una señora que no tiene ganas de hacer nada y se sienta allí esperando a que los demás la mantengan. No se sabe, cada viandante tiene total libertad para imaginarse la historía que quiera sobre la buena (o no) mujer. Y si esa historia le conmueve, puede ayudarla, o no.
Quizá no sea el primer pedigüeño que se encuentra y decida sólo apiadarse del primero. Porque la piedad tiene un límite, que suele coincidir con las ganas que tenga uno de echar la mano a la cartera. O, por lo menos, eso es lo que parece en las grandes ciudades. Puede que estemos ya insensibilizados, o puede que tengamos los ojos demasiado rojos como para percatarnos de las penurias de los demás.
domingo, 18 de mayo de 2014
La vida. Tan poco pasa y tantas cosas a la vez. Apenas escribo, parece que no hago nada (o que no tengo nada sobre qué escribir) pero a la vez me siento en un momento crucial. La gente que me quiere dar consejo me dice que no tienes nada resuelto hasta que todo pasa de golpe y te encuentras con la vida delante, esperándote. Estoy esperando ese momento, pero quizá está pasándome ahora mismo y puede que no me dé cuenta hasta dentro de un tiempo. Quién sabe.
Lo único que sé es que estoy redescubriendo el amor. Siempre he sido una persona romántica y soñadora, idealizando el amor, sufriéndolo mientras leía romances en libros o los veía en películas, donde, por norma general, se resolvía bien y los protagonistas vivían felices y comían perdices. Pero en ningún lado dicen cómo amar. Hablan de gestos románticos, de absurdos ideales del amor que no expresan la realidad.
Puedes llegar a darte cuenta de que una pareja no te ama a ti, sino que ama el hecho de no encontrarse solo. Que hace por ti esos gestos románticos de libros y películas, que parece un príncipe azul a ratos, pero que se olvida de que la vida junto a otra persona necesita más que eso. Que está contigo porque te cruzaste con él en un momento de su vida en que cuadró, pero que si llega a ser otra lo mismo daría, porque tendría el mismo amor falso para cualquiera. Si dice "te quiero" a la primera de cambio sospecha. Eso ya lo aprendí yo, a las malas pero lo aprendí y ya no se me olvida. Tonta y soñadora de mí, ahora un poquito menos tonta y un poquito más realista.
Eso me pasó a mí, pero no sabía lo que falló hasta que llegó otro amor. No otro amor cualquiera. Un amor real. Llegó lentamente, a paso de tortuga, despacio pero constante. La primera impresión fue increíble, y el primer paso muy rápido, algo loco, intenso, irreal y agridulce. Después de eso hubo una pausa, que parecía interminable, agonizante, casi como una tortura. Pero durante esa pausa, que no era tal en realidad, todo estaba en marcha aunque no lo pareciera. Resulta que no tiene que ser un flechazo; poco a poco se puede llegar a conocer a una persona y darte a conocer. No es necesario recorrer todo el camino de golpe; el amor no es un sprint, es una maratón. Y resulta que es mucho mejor así. Ya vendrán los te quieros cuando tengan que venir, y los gestos románticos no tienen que ser un pasar la noche bajo su ventana, vale con un "estoy deseando que llegue la noche para poder dormir abrazado a ti". No se trata de palabras, ni gestos especiales. No hay un manual de lo que decir o hacer para ser el perfecto amante. Se trata de algo mucho más sencillo y claro; se trata de sentir de verdad, de hacer y decir las cosas desde el corazón, como se sienten, y no adornándolas. Así cobran sentido de verdad. No me digas lo que quiero oír, dime lo que sientes y si es lo que cuadra conmigo entonces bien; si no lo es, quizá no seamos el uno para el otro, pero está bien, porque es mejor saberlo ya que alargar la agonía. Parece mentira que haya que decir estas cosas, pero todavía hay gente que no sabe que el amor se basa en la confianza y en la sinceridad.
Lo mejor de todo es que esto lo he descubierto con una persona que desde que la conozco dice no creer en el amor. Creo que ahora ha cambiado de parecer, pero no me hagáis mucho caso, que es tarde.
Lo único que sé es que estoy redescubriendo el amor. Siempre he sido una persona romántica y soñadora, idealizando el amor, sufriéndolo mientras leía romances en libros o los veía en películas, donde, por norma general, se resolvía bien y los protagonistas vivían felices y comían perdices. Pero en ningún lado dicen cómo amar. Hablan de gestos románticos, de absurdos ideales del amor que no expresan la realidad.
Puedes llegar a darte cuenta de que una pareja no te ama a ti, sino que ama el hecho de no encontrarse solo. Que hace por ti esos gestos románticos de libros y películas, que parece un príncipe azul a ratos, pero que se olvida de que la vida junto a otra persona necesita más que eso. Que está contigo porque te cruzaste con él en un momento de su vida en que cuadró, pero que si llega a ser otra lo mismo daría, porque tendría el mismo amor falso para cualquiera. Si dice "te quiero" a la primera de cambio sospecha. Eso ya lo aprendí yo, a las malas pero lo aprendí y ya no se me olvida. Tonta y soñadora de mí, ahora un poquito menos tonta y un poquito más realista.
Eso me pasó a mí, pero no sabía lo que falló hasta que llegó otro amor. No otro amor cualquiera. Un amor real. Llegó lentamente, a paso de tortuga, despacio pero constante. La primera impresión fue increíble, y el primer paso muy rápido, algo loco, intenso, irreal y agridulce. Después de eso hubo una pausa, que parecía interminable, agonizante, casi como una tortura. Pero durante esa pausa, que no era tal en realidad, todo estaba en marcha aunque no lo pareciera. Resulta que no tiene que ser un flechazo; poco a poco se puede llegar a conocer a una persona y darte a conocer. No es necesario recorrer todo el camino de golpe; el amor no es un sprint, es una maratón. Y resulta que es mucho mejor así. Ya vendrán los te quieros cuando tengan que venir, y los gestos románticos no tienen que ser un pasar la noche bajo su ventana, vale con un "estoy deseando que llegue la noche para poder dormir abrazado a ti". No se trata de palabras, ni gestos especiales. No hay un manual de lo que decir o hacer para ser el perfecto amante. Se trata de algo mucho más sencillo y claro; se trata de sentir de verdad, de hacer y decir las cosas desde el corazón, como se sienten, y no adornándolas. Así cobran sentido de verdad. No me digas lo que quiero oír, dime lo que sientes y si es lo que cuadra conmigo entonces bien; si no lo es, quizá no seamos el uno para el otro, pero está bien, porque es mejor saberlo ya que alargar la agonía. Parece mentira que haya que decir estas cosas, pero todavía hay gente que no sabe que el amor se basa en la confianza y en la sinceridad.
Lo mejor de todo es que esto lo he descubierto con una persona que desde que la conozco dice no creer en el amor. Creo que ahora ha cambiado de parecer, pero no me hagáis mucho caso, que es tarde.
viernes, 28 de junio de 2013
Agradecimientos
Hace mucho tiempo que no escribo nada en el blog, y son ya muchas veces las que he tenido que pedir esta disculpa, pero la vida sigue y hay momentos en que o no hay nada que escribir o no hay tiempo para hacerlo, pero no abandono este proyecto, lo único que sucede es que viene con cuentagotas.
Para los que no lo sepan, llevo desde enero trabajando en mi trabajo de fin de grado, lo último que me queda por hacer para graduarme. Hoy he escrito los agradecimientos y creo que debo ponerlos aquí, porque hay mucha gente a la que le estoy agradecida y que no va a leer mi trabajo. Aquí los tenéis.
La realización de este trabajo no supone únicamente una asignatura más de la carrera, sino la culminación de cuatro años de esfuerzo y el final de una etapa. A lo largo de estos años he aprendido mucho y vivido muchos momentos importantes, que me han ayudado a formarme profesional y personalmente. Por ello, quiero agradecer a varias personas las aportaciones que han hecho esta experiencia más bonita.
En primer lugar, al personal de la biblioteca María Moliner, tanto becarios como funcionarios, donde hice las prácticas y aprendí mucho de la profesión, por ser tan amables y ofrecerse a ayudarme en lo que necesitara para realizar la investigación de este trabajo, además de por lo llevadero que me hicieron el trabajar allí y los buenos momentos que compartimos.
En segundo lugar, a todos los profesores que se han esforzado realmente por conseguir que aprenda, pero no sólo en la universidad, sino en todas mis etapas como alumna. Un buen profesor siempre es una motivación para los alumnos, y te hace amar su asignatura aunque al principio creas que ni te interesa. Esos profesores merecen de verdad un homenaje, y no sólo en estos agradecimientos.
En tercer lugar, a los amigos que he hecho en clase, por compartir tanto los momentos difíciles como los buenos, por sufrir juntos las dificultades del estudio y por disfrutar todos los momentos de risas y compañerismo, pero especialmente a mi buena amiga Vega, con la que congenié desde el primer día y que me ha apoyado en todo momento, incluso en los peores. A mis amigos de siempre, que también me han apoyado mucho y han creído en mí sin importar las decisiones que tomara. También a una persona muy especial que me ha apoyado y animado todos los días a seguir adelante, y que me ha ayudado a avanzar en aquellos momentos que se volvían cuesta arriba.
Y, por último, a mi familia, que siempre ha confiado sin reservas en mi capacidad, incluso en momentos en los que yo misma dudaba. Gracias por darme la vida que me habéis dado, no cambiaría nada.
martes, 2 de abril de 2013
Fragmentos (IX)
Con una camisa de él, sólo unos botones abrochados, asomada al balcón, allí estaba una mañana de domingo, fumando un cigarrillo al calor de las primeras horas de sol. Apoyada en la fría baranda mientras él seguía dormido, el vello de su cuerpo se erizaba por el viento, que rozaba su piel fluyendo entre los barrotes de hierro fundido. Notaba como la expresión de su cara era triste, con los labios fruncidos, la frente arrugada en gesto afectado, pero mientras él no la viera se permitía esa licencia. Sabía de sobra que él no la quería, o, mejor dicho, sí la quería, pero no de la forma en la que ella le quería a él. Era obvio que sentía aprecio por ella, pero no se entregaba. También sabía que no podía seguir así, conocía esa espiral en la que cada vez perdía más el control y por la que caía sin freno, sin ningún asidero al que agarrarse, cada vez más rápido. Estaba muy a gusto en su compañía pero no había equilibrio entre ellos dos.
En esos momentos recordaba perfectamente una conversación que habían tenido unas semanas atrás. Ella le preguntó que por qué no podían ser una pareja normal, y la respuesta la dejó helada:
-Mira, te lo voy a explicar con un ejemplo. Es como si a ti te dan un cachorrito muy mono, adorable, al que quieres acariciar y que te gusta mucho, pero al que no quieres llevarte a casa.
Ese gélido recuerdo estaba muy dentro de ella, en un rincón, bien protegido. Sabía que él no quería nada malo para ella, pero, aunque no lo hiciera con mala intención, a veces sus palabras pinchaban en hueso.
La mañana, que había nacido soleada, empezaba a emborronarse. El cielo se convertía en una gran masa gris, indefinida. Mirando el brillo del sol a través de las nubes, se tocó el cuello, allí donde él la besaba en momentos de pasión. Entre las sábanas afloraba la gran química que había entre ellos, perdidos entre sudor y jadeos. Ese tiempo era como si no existieran las obligaciones, ni la vida cotidiana, ni las preocupaciones. Eran sólo ellos, sin mirar el reloj, enredados el uno en el otro. No tenían necesidad nada más que de sentirse. En ocasiones, ella gemía quedamente un "sí, mi amor"; era como una tregua, en la cama podía llamarle así, sin que él la mirase extrañado o se sintiese incómodo, pues se dejaba llevar, sin pensar, sin juzgar, sin etiquetar. Ella hacía el amor. Él follaba. Sí, había cariño, pero eran cosas distintas.
Ella lo sabía, todo ello lo conocía de sobra, pero eso no hacía que fuese más llevadero. A veces se preguntaba si era comprensiva con los deseos de él, o si simplemente era una cobarde por no imponerse y pedir lo que quería. Otras pensaba de manera directa que era tonta y se odiaba a sí misma. Otras, aceptaba la realidad en la que vivía, disfrutaba de cada momento y se dejaba de comeduras de cabeza. Había días en los que se maldecía por ser mujer y darle tantas vueltas a las cosas; estaba convencida de que él no pensaba tanto, y parecía feliz así. Quizá era una maldición del género femenino el estar siempre atormentada por los sentimientos, propios o ajenos.
Él dormía tranquilo en la cama. Se volvió para observarle. Tenía una expresión de calma en el rostro, casi de felicidad. Probablemente estaba soñando algo agradable. Mientras le veía así, sólo quería hacer algo por él. Cuidarle, mimarle, darle besos, darle caprichos. Pensó en hacer café, sabía que pronto se despertaría y tener café recién hecho le agradaría. Además, le gustaba el sabor que dejaba en su boca. Miró de nuevo hacia la calle, donde cada vez había más nubes. Ya empezaban a verse transeúntes caminando con parsimonia en su día libre. Envidiaba sus rutinas: sacar al perro, ir a por el periódico, comprar churros para la familia. Mientras pensaba en todo ello, comenzó a chispear. Una gota cayó en su mejilla. La recogió con el dedo y se la llevó a los labios. Sabía a sal.
Ella lo sabía, todo ello lo conocía de sobra, pero eso no hacía que fuese más llevadero. A veces se preguntaba si era comprensiva con los deseos de él, o si simplemente era una cobarde por no imponerse y pedir lo que quería. Otras pensaba de manera directa que era tonta y se odiaba a sí misma. Otras, aceptaba la realidad en la que vivía, disfrutaba de cada momento y se dejaba de comeduras de cabeza. Había días en los que se maldecía por ser mujer y darle tantas vueltas a las cosas; estaba convencida de que él no pensaba tanto, y parecía feliz así. Quizá era una maldición del género femenino el estar siempre atormentada por los sentimientos, propios o ajenos.
Él dormía tranquilo en la cama. Se volvió para observarle. Tenía una expresión de calma en el rostro, casi de felicidad. Probablemente estaba soñando algo agradable. Mientras le veía así, sólo quería hacer algo por él. Cuidarle, mimarle, darle besos, darle caprichos. Pensó en hacer café, sabía que pronto se despertaría y tener café recién hecho le agradaría. Además, le gustaba el sabor que dejaba en su boca. Miró de nuevo hacia la calle, donde cada vez había más nubes. Ya empezaban a verse transeúntes caminando con parsimonia en su día libre. Envidiaba sus rutinas: sacar al perro, ir a por el periódico, comprar churros para la familia. Mientras pensaba en todo ello, comenzó a chispear. Una gota cayó en su mejilla. La recogió con el dedo y se la llevó a los labios. Sabía a sal.
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